Acabamos de recibir esta carta que nos parece importante que se conozca y difunda.
CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) :Como muestra de solidaridad con todos los profesores, alumnos y alumnas de la Universidad Islámica de Gaza, publicamos la presente carta del Dr. Akram Habeeb, profesor de Literatura Norteamericana en dicha institución.
¿Por qué Israel bombardea una universidad?
Soy becario de la Fundación Fulbright y profesor de literatura norteamericana en la Universidad Islámica de Gaza. En tal condición, siempre preferí mantenerme al margen del conflicto entre Israel y Palestina, ya que siempre entendí que mi deber es enseñar los valores de la convivencia pacífica.
Pero el ataque masivo de Israel contra la Franja de Gaza me obliga a una manifestación.
Ayer por la noche, durante la segunda jornada consecutiva de ataques de Israel a Gaza, los más violentos que se han vivido por aquí, fui despertado por el ruido estremecedor de un bombardeo continuado, cerrado. Cuando me di cuenda de que el blanco era mi universidad, destruida por aviones F-16 fabricados en los Estados Unidos, percibí que los supuestos “ataques selectivos” ya no tenían nada de selectivos.
Políticos y generales israelíes habían afirmado que la Universidad Islámica de Gaza sería un “aparato” de Hamás para formar terroristas. Esto es mentira.
Como profesor independiente, sin afiliación partidaria, afirmo que la Universidad Islámica de Gaza, así como las universidades católicas y las pontificias en todo el mundo, es una institución académica que abarca un amplio espectro de tendencias políticas. La conozco bien, como una prestigiosa universidad que estimula la libre expresión y la circulación de ideas.
Si mi declaración les resulta excesivamente personal y comprometida, los invito a visitar la página web de la UIG (www.iugaza.edu.ps/eng) y a conocer su historia, sus departamentos, los estudios que allí se desarrollan. Podrán enterarse de su presencia en numerosas redes y centros académicos de todo el mundo. Podrán conocer el trabajo de sus profesores, estudiantes e investigadores, los premios y becas de estudio que cotidianamente reciben por parte de reconocidas instituciones en todo el mundo.
¿Por qué Israel bombardea una universidad? No lo sé.
Pero Israel ayer no bombardeó apenas mi universidad. Bombardeó mezquitas, farmacias y casas de familia. En el campo de refugiados en Jabaliya, los ataques mataron a cuatro niñas pequeñas, todas de la familia Balousha. En Rafah, murieron tres hermanos: de seis, doce y catorce años. También perdieron la vida una madre y su hijo de un año, de la familia Kishko, en la ciudad de Gaza.
Son actos que nada puede justificar. Dios ordenó al pueblo elegido: “No matarás. No invadirás la casa de tu vecino”. Dios no elegiría a su pueblo, ni a pueblo alguno, para matar a sus vecinos y robar la tierra en que todos plantan y todos comen. Los blancos que Israel está adoptando son decisiones de su gobierno. Un gobierno que ha elegido deliberadamente matar palestinos. Lleva a cabo en Gaza un genocidio semejante al que otros imperios invasores ya practicaron en otras partes del mundo contra poblaciones originarias. Ningún genocidio es admisible.
Akram Habeeb
Franja de Gaza, Palestina
29/12/2008
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Roberto Di Stefano
La radio reloj que me despierta cada mañana a veces lo hace con noticias referidas a la Iglesia católica. El anuncio suele ser que la Iglesia “rechazó” un proyecto de ley, que “cuestionó” la política del gobierno, que “aprobó” una medida oficial. Por supuesto, entre los obispos y mi dormitorio media el filtro de los periodistas, interesados en destacar aquello que puede ser de interés para un mayor número de personas y por lo tanto atentos a las intervenciones episcopales en temas de debate público. Pero ese filtro acentúa, no crea artificiosamente la imagen de un episcopado dispuesto a invertir mucho tiempo y energía en tratar temas tan dispares como la pobreza, el federalismo, las economías regionales, la salud reproductiva, el medioambiente, el desempleo, la democracia y otros muchos.
No creo que la Iglesia deba encerrarse en las sacristías, como querían muchos de los liberales anticlericales del siglo XIX. Me parece, por el contrario, que tiene el deber de contribuir a mejorar, en la medida de lo posible –medida que a esta altura de mi vida concibo más bien corta–, el atribulado mundo en el que transcurren nuestras existencias. O sea que me parece muy bien que los obispos se preocupen por los temas que aquejan a sus ovejas e intenten ayudar a resolverlos. Pero me da la impresión de que la energía que ponen en ese aspecto particular de su compromiso pastoral es excesiva y que el tono con el que lo hacen es demasiado a menudo incorrecto.
La religión hay que tomársela en serio. Es curioso que obispos tan preocupados por el aumento del “secularismo” en la sociedad tengan una noción tan secular de su tarea pastoral y de la misión de la Iglesia. En nuestra sociedad hay una gran sed de espiritualidad. Hombres y mujeres buscan en distintas tradiciones y experiencias religiosas o filosóficas una respuesta a sus necesidades de sentido y de plenitud. Los libros de espiritualidad se venden más que los de doctrina social de la Iglesia. Pareciera que lo que los creyentes necesitan y buscan en sus pastores, más que la imposible resolución de los problemas económicos, políticos y sociales, es que estén a su lado, que les proporcionen lo que antiguamente se llamaba “pasto espiritual”, que los escuchen y les presten atención, que esperen y recen junto a ellos. No cabe duda de que la Iglesia cumple con eficacia importantes funciones sociales, caritativas, educacionales, sanitarias, etc. Y hace muy bien, por cierto. Pero la tarea fundamental de los pastores es hacer que los hombres y las mujeres se encuentren con Dios.
“Los desdichados no tienen en este mundo mayor necesidad que la presencia de alguien que les preste atención”, decía Simone Weil. La atención, la “com-pasión”, el “sufrir-junto” al que sufre es la actitud previa a la ayuda material, y es lo propio de la religión cristiana. Julio Cortázar dijo alguna vez que su voluntad era “seguir estando ahí, esperando, ayudando a la esperanza con todo lo que se tiene”. “Ahí” significaba su tierra lejana, la Argentina, o más en general América Latina. Bello propósito que nuestros obispos, creo, harían bien en hacer suyo. Muchas veces oigo decir que la Iglesia “no tiene respuestas para los problemas de la sociedad”. ¿Por qué debería tenerlas? Es la sociedad la que tiene que encontrar soluciones a sus problemas. Las religiones –no sólo la Iglesia católica– pueden contribuir de manera importante a esa tarea, pero ella no es, sin embargo, su razón de ser.
Cuestión de tonos
Si consideramos las intervenciones episcopales en materia económica, política y social como modo de contribución a esa tarea, debo decir que el tono con que se formulan me parece inapropiado. De manera frecuente la Conferencia Episcopal se pronuncia más bien como un parlamento paralelo que como un colegio de pastores de almas. Los obispos aceptan, apoyan, rechazan, condenan. El tono de los documentos episcopales es el de una suerte de institución tutelar de la sociedad con derecho a despacharse en orden a todo tipo de cuestiones. Los obispos se erigen en jueces morales de sus rebaños y de la sociedad entera, dos categorías que por otra parte confunden recurrentemente. Pero la sociedad es cosa distinta de la Iglesia. Que la mayor parte de los ciudadanos sean católicos no hace del país una nación católica, ni autoriza a los obispos a cogobernar o a pretender hacerlo.
La Iglesia argentina, por complejas razones históricas que no es el caso explicar aquí, está más habituada a actuar en la sociedad política, en el plano de las relaciones Iglesia-Estado-Partidos- Sindicatos, que a elevar su voz desde la sociedad civil, como una parte más de un orden colectivo altamente secularizado y complejo.
Si los obispos diesen más lugar en sus discursos al mensaje religioso –no a la defensa de los intereses corporativos eclesiásticos, que son cosa muy distinta–, si apuntaran a alimentar la fe y la esperanza de los hombres, a acompañarlos en sus sufrimientos, a reflexionar y a rezar con ellos; si dejaran un poco de lado su obsesión por la normatividad de las conductas, por lo que se puede hacer y lo que está prohibido (porque la religión es mucho más que eso); si empezaran a distinguir con mayor claridad sus rebaños de la sociedad toda, aceptando que no por el mero hecho de ser bautizados los hombres y mujeres integran sus feligresías y están sujetos a su autoridad; si pensaran la Iglesia como parte de la sociedad civil en lugar de apostar tantas fichas a ocupar un espacio en la sociedad política; en fin, si cambiaran de tono, adoptando el de pastores que reflexionan en lugar del de políticos o sindicalistas que aprueban o rechazan, creo que el episcopado –no la Iglesia, que es otra cosa– ganaría respeto y credibilidad.
Este artículo fue publicado en el ultimo número de la revista Criterio
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12.12.08 - MANUEL DE UNCITI | SACERDOTE Y PERIODISTA
Qué hacía aquel cura dándole y quitándole una y otra vez el gorro y el bastón al obispo?». Formula la pregunta un muchacho que, junto con otros adolescentes, acaba de recibir el sacramento de la confirmación. Se lo pregunta a su catequista. Y éste, de entrada, le corrige el vocabulario: el 'gorro' se llama 'mitra'; el 'bastón', 'báculo'. El muchacho le corta la palabra a su mentor: «Vale, pero parecía el señorito con el criado a su lado». El comentario del catequista, dicho a continuación, es inquietante, ciertamente, pero agudo y certero. «¿Cuándo reconoceremos que en muchos de nuestros ritos oscurecemos y ocultamos en lugar de transmitir e iluminar?».
Aquí está la madre del cordero, a buen seguro. Muchos creyentes se han preguntado en más de una ocasión qué idea puede hacerse del cristianismo el musulmán o el budista, valga por caso, que un buen día se asoma a la pequeña pantalla y contempla un rito sacro católico en la pontificia Basílica de San Pedro en el Vaticano o en la Catedral metropolitana de Sevilla. Verá, y hasta se admirará, del fulgor de los oros, de las proporciones y ritmo de las esculturas y tallas, de la cadencia de los rituales, de los brocados de los paramentos litúrgicos, de la bella sonoridad de las corales y de las filigranas del contrapunto. Pero, ¿qué le dirán todas estas maravillas del arte y de la opulencia sobre el mensaje de Aquél que dijo «Bienaventurados los pobres, los humildes, los limpios de corazón»? ¿Qué de la buena nueva «amemos a Dios porque Él nos ha amado primero»? ¿Qué del «perdonad y seréis perdonados» y qué del «tuve hambre y me disteis de comer»?
La inadecuación de las expresiones y manifestaciones de la Iglesia a la fe que se propone proclamar y a la cultura democrática del presente, no se reduce, claro está, al ámbito de la liturgia. Hay otros muchísimos rostros de la Iglesia que, en lugar de transparentar el brillo del mensaje evangélico, parecen empeñados en oscurecerlo y confundirlo. Mensaje para el hombre de hoy, como lo ha sido para millones de hombres durante dos milenios, ¿cómo conectarlo con la modernidad diaria si a los pastores de la Iglesia los revestimos con tocados y atuendos de lo más rancio y anacrónico? Se inaugura en Roma -es un decir a modo de ejemplo- un sínodo universal y la maravilla de la Plaza de San Pedro se envanece con una larga teoría de mitras que brillan al sol y que, precediendo al Papa, se encaminan hacia el interior de la basílica pontificia... Al hombre de a pie tiene que parecerle necesariamente un tocado extraño. Los más eruditos podrán comentarle que los antiguos sacerdotes persas del culto al dios Mitra, revestidos de blancas albas, ya cubrían sus cabezas con un 'gorro' del que, en el correr de los siglos, es heredero el que hoy refulge en las testas de los obispos, arzobispos, cardenales y hasta del mismísimo Benedicto XVI, por no mentar, de paso, esa figura tan extraña -¡testimonio de sencillez evangélica en algunos monasterios!- de los abades... mitrados. De la mitra episcopal actual penden -en consonancia con su origen histórico- las llamadas ¡ínfulas! símbolo de poder. ¿Quién no ha oído decir 'menudas ínfulas tiene' para censurar el orgullo o el despotismo de algunos sujetos? Y la pregunta se impone: ¿Esas mitras y esas ínfulas hablan algo de Aquél que dijo «el que sea mayor entre vosotros muéstrese como el menor»?
Con menos tradición cuenta el que los papas vistan una sotana o túnica de color blanco. Fue San Pío V quien introdujo este color en el atuendo de los pontífices. Él era fraile dominico cuando le eligieron para el ministerio pontificio y los frailes dominicos siempre han llevado, desde el siglo XIII, un hábito de color blanco. Pío V, llevado de su humildad, no quiso desprenderse de su ropa de fraile. Pero, ay, 'pegó' el color blanco y, desde el siglo XVI a hoy, los papas han vestido de blanco.
Y ¡vaya que si pegó! Las gentes están acostumbradas a ver en el color blanco un símbolo de lo inmaculado, de lo puro y, si se apura un tanto, de lo espiritual. Desde esta elemental consideración, se descubre que está muy puesto en razón que los papas vistan de blanco. Son ellos -se sobreentiende- los encargados de arrastrar consigo a todo el pueblo cristiano hacia los lejanos cielos donde mora el Altísimo. Que sea o no sea así, dependerá, claro es, de cada pontífice, que de todo ha habido en la viña del Señor. Porque los papas, para nuestra fortuna, continúan siendo hombres, por más que algunos propendan a espiritualizarlos hasta extremos poco admisibles. Tal ocurrió, por ejemplo, con Pío XII. A tenor de la 'profecía' de Malaquías le correspondía, como es sabido, el título de 'Pastor angelicus' -'Pastor angélico'- y tanto y tanto se insistió en este remoquete, que muchos llegaron a ver en el Papa Pacelli a un ser más espiritual que humano...
Y esto es lo malo. El cristianismo es una fe de encarnación de Dios, no una religión de cumbres inaccesibles. Camino, como estamos ya, de la Navidad, bueno será recordar la afirmación paulina con la que el apóstol de las gentes define la epifanía de Dios en Jesús de Nazaret: «Se nos ha hecho patente el humanitarismo y la benignidad de Dios, nuestro Salvador». Un Dios que, según el mismo Pablo de Tarso, «se despojó de su rango» y se «anuló» para compartir la vida con los hombres. Resultaría incomprensible, ciertamente, un cristianismo que se vaciara de misterio y trascendencia. El Otro, el absolutamente Otro, está ahí, y se sugiere en la conciencia humana como el horizonte último de la existencia en esta tierra de hombres; y esto es precisamente lo que la Iglesia tiene que proclamar en todas las plazas y vivir en la sucesión de las jornadas. Pero el cristianismo no se reduce a trascendencia y misterio. Es un mensaje para esta vida. Es aquí donde ha de florecer el reino de paz y justicia, el reino de vida y verdad, el reino de libertad y amor. No se encuentra a Dios en las alturas, sí en el pan compartido y en la mano tendida. Y, así las cosas, ¿qué tal un Papa que dejara a un lado su sotana blanca y su esclavina roja y se vistiera para recibir a sus huéspedes con camisa y corbata, pantalón y chaqueta, y se calzara con zapato negro y no con calzas rojas, obsequio -según se comenta- de la firma Prada?
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Si Juan XXIII pasó "del anatema al diálogo", los dos últimos papas han hecho el camino inverso
Juan José Tamayo
La figura de Juan XXIII, de cuya elección papal hemos celebrado recientemente el 50° aniversario, está indisociablemente unida al Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de octubre de 1962 y clausurado en Roma, el 8 de diciembre de 1965. Fue un concilio que venía a corregir el rumbo contrarreformista y contrarrevolucionario de los dos concilios anteriores: el de Trento (1545-1563), que condenó la Reforma protestante, y el Vaticano I (1870), que proclamó el dogma de la infalibilidad del Papa. Fue, sin duda, uno de los acontecimientos sociorreligiosos más importantes del siglo XX por sus repercusiones no solo en el terreno religioso, sino también en el cultural, político y social, en plena sintonía con las transformaciones producidas durante aquella década de alta temperatura utópica en la esfera internacional. El cuarto de hora de locura de Juan XXIII, como algunos calificaron su decisión de convocar aquel concilio, fue en realidad un huracán que derribó los muros de incomunicación de la Iglesia católica con el mundo moderno. Juan XXIII solo pudo asistir a la primera sesión (de octubre a diciembre de 1962), pero su talante humanista y su espíritu reformador estuvieron presentes en las cuatro sesiones celebradas._El Vaticano II marca el final de la cristiandad triunfante, considerada consustancial a la Iglesia católica, cuando fue una de sus más graves patologías y desviaciones del proyecto originario de Jesús de Nazaret. Con él tocaban a su fin el absolutismo eclesiástico y las multiseculares alianzas entre el trono y el altar, en nuestro caso, entre la Iglesia católica española y la dictadura del general Franco, legitimada por Pío XII con la firma del Concordato de 1953, pero cuestionada por sus sucesores Juan XXIII y Pablo VI, críticos severos del franquismo. En expresión feliz del teólogo español José María González Ruiz, el Vaticano II se convirtió en la "tumba de la cristiandad"._Los obispos de todo el mundo reunidos en el concilio hicieron una valoración positiva, y en clave emancipatoria, del fenómeno de la secularización en todos los campos del ser, del saber y del quehacer humano, que venía gestándose en Europa desde el Renacimiento, corrigiendo las condenas de los papas anteriores. Pío IX afirmaba en el Syllabus, en 1864, que la Iglesia no podía reconciliarse con el progreso, y declaraba anatema a quien defendiera dicha reconciliación.__JUSTO UN SIGLO después, el Vaticano II defendía, en el mismo lugar, la autonomía de las realidades temporales y los avances de la civilización moderna, si bien críticamente, llamando la atención sobre las abismales desigualdades y asimetrías entre pueblos ricos y pueblos pobres. Durante los dos últimos pontificados se ha producido el proceso inverso: hemos pasado de la secularización a la confesionalización. Un ejemplo doméstico es la defensa de los símbolos cristianos en la escuela pública por parte de la jerarquía católica._El concilio quiso poner fin a una larga etapa de anatemas y condenas contra la modernidad y abrir un camino para un diálogo en varias direcciones: con la increencia (ateísmo, agnosticismo e indiferencia religiosa); con el pensamiento crítico, que se incorporaba a la reflexión teológica; con las iglesias cristianas no católicas, con las que inició un fecundo proceso de aproximación; con las religiones no cristianas, a las que reconocía como caminos de salvación. Pero con Juan Pablo II y Benedicto XVI han vuelto los anatemas y las condenas de las religiones, de la modernidad, de la teología de la liberación, del diálogo interreligioso, de las revoluciones científicas, del pensamiento crítico en la Iglesia católica, etcétera. Si Juan XXIII pasó "del anatema al diálogo", los dos últimos papas han hecho el camino inverso: del diálogo al anatema._El Vaticano II llevó a cabo una revolución copernicana en la concepción de la Iglesia al definirla como comunidad cristiana y no como sociedad desigual, según la expresión de algunos papas, y al poner el pueblo de Dios por delante de la jerarquía, no sin un fuerte enfrentamiento entre el ala episcopal conservadora y el ala reformadora. Aquí el orden de factores sí alteraba el producto. Primero se hablaba de lo que era común a todos los creyentes; después, de los diferentes ministerios de la comunidad entendidos como servicio, no como poder. Eso comportaba un cambio en las relaciones entre los cristianos, más simétricas, igualitarias y fraternas.__ESTA NUEVA situación es la "Iglesia de los pobres", expresión acuñada por Juan XXIII en un memorable discurso: "La Iglesia se presenta, para los países subdesarrollados, tal como es y quiere ser: como la Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres". La opción por los pobres se hizo realidad en las iglesias del tercer mundo. Juan Pablo II y Benedicto XVI intentaron decapitarla con denuncias contra sus principales cultivadores, aunque no lo consiguieron. La teología de la liberación sigue viva y activa._El Vaticano II es un legado que no puede mitificarse, pero tampoco olvidarse en un rincón, sino que ha de activarse, reformularse y recrearse en los nuevos climas culturales. Un legado que puede mantener viva la utopía de que otro cristianismo es posible.__*Director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.
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Éste es el artículo de Juan José Broch, titulado "Cristiano y homosexual, gracias a Dios" que salio publicado en el ultimo número de la revista española Vida Nueva.
Desde pequeño fui educado en una fe del deber hacer, del voluntarismo ante un Dios todopoderoso y exigente. En ese entorno eclesial y social, la sexualidad era un tema tabú y la homosexualidad motivo de burla y rechazo. Cuando en la adolescencia descubro que no vivo la afectividad como mis amigos, intento ocultarlo (también a ese Dios de las alturas). Tras un período de búsqueda, incluso en la vida religiosa, vuelvo a mi ciudad y me integro en la parroquia de mi barrio. Allí me encuentro con unas religiosas de trato cercano y con una opción preferencial por los últimos. A través de ellas descubro un nuevo rostro de Dios, pegado a la realidad de sus criaturas y apasionado por darles vida, y una vida en abundancia.
Mis afectos, todavía escondidos, se resitúan tras una sana crisis personal; con 28 años asumo que soy homosexual y opto por vivir como lo que soy. A ello me ayuda el buen Dios que me quiere tal como soy y desea mi felicidad. Mi vida, mi fe se abren a una paz y un gozo desconocidos hasta ese momento.
En este nuevo camino, sostenido por Dios y acompañado por familia y amigos, me encuentro con un grupo católico homosexual. ¡Un espacio donde poder vivir mi fe y mi orientación sexual!
A partir de ahí se me abre un mundo nuevo de mujeres y hombres lgtb (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) creyentes que viven su fe en la Iglesia Católica, y lo hacen en grupos cristianos homosexuales (que los hay en España y en el mundo entero) o en comunidades cristianas que integran esta realidad en su seno. Son espacios de acogida y encuentro, de oración, de formación y reflexión, de compromiso…
En el grupo en el que me incorporo descubro que Jesús nunca condenó la homosexualidad y que alabó la fe del centurión enamorado de su criado; que la Iglesia celebró uniones entre parejas del mismo sexo hasta el siglo XIII; que la Organización Mundial de la Salud reconoce que la homosexualidad no es un trastorno ni una enfermedad (y, por tanto, no tiene curación, como tampoco la heterosexualidad)… Todo esto me habla de un Dios bueno al que servir y mostrar a tantas lesbianas y gays que viven de espaldas a una Iglesia que no les reconoce su dignidad, me habla de un Dios bueno que quiere una Iglesia acogedora de toda la diversidad creada por Él.
Tras un período de discernimiento, ejercicios espirituales incluidos, respondo a esa llamada de Dios, comprometiéndome en el grupo cristiano homosexual de Valencia y, después, en la organización estatal, que engloba un total de 16 grupos locales o autonómicos. Fundamentales en todo este devenir son la eucaristía dominical en mi parroquia, la oración personal, el examen espiritual de conciencia, el acompañamiento espiritual, los ejercicios espirituales y mi comunidad cristiana de referencia. Doy gracias a la Iglesia porque de ella he recibido todo esto.
Ahora que estoy a pocos meses de finalizar una etapa de más de 15 años con diferentes responsabilidades en este ámbito eclesial, miro atrás y contemplo, gracias a la existencia de estos grupos, los caminos de vida que se han abierto y de los que yo he sido instrumento o destinatario. Son muchas las personas homosexuales que han descubierto que no han de renunciar a su afectividad para seguir siendo cristianas, ni a su fe para vivir con plenitud su orientación sexual. Con gozo han vuelto a esa Iglesia que les acoge tal como son. Son muchas las personas homosexuales agnósticas o ateas, y las organizaciones de las que forman parte, que reconocen y agradecen esa Iglesia abierta a su realidad. Son muchos los católicos y católicas, y sus grupos, que asumen como propia la lucha del colectivo homosexual. Y cada vez son más las organizaciones católicas que muestran una actitud dialogante hacia la realidad homosexual cristiana.
Por otro lado, ha habido ataques hacia nuestro colectivo y una lucha activa en contra de nuestros derechos por parte de grupos y dirigentes de la Iglesia. Sin embargo, sólo un acontecimiento me ha hecho cuestionarme la pertenencia a la misma: la reciente negativa del Vaticano a apoyar una iniciativa presentada ante la ONU para acabar con las aberrantes leyes de algunos países que permiten encarcelar o condenar a muerte (como Irán o Arabia Saudita) a las personas por el hecho de ser homosexuales.
Para aquellos sectores de la Iglesia que no entienden nuestra realidad, les invito a que se pregunten dónde creen que está Dios, si en la amargura, resentimiento, sufrimiento… de tantas lesbianas, gays… que se han visto obligados a renunciar a una vida afectiva plena para poder seguir siendo cristianos, o bien en el gozo, la paz, la alegría de quienes vivimos con normalidad la homosexualidad en el seno de nuestras comunidades de fe.
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Piñami Chico 7 de septiembre del 2008-09-07
A los Obispos de Bolivia, a todos los cristianos del País, collas, cambas, prefectos, ciudadanos en general.
NOTA: Los hermanitos del Evangelio Patricio Rondeau y Jose Luis Muñoz mandamos este comunicado de la Comunidad Cristiana de Piñami Chico desde nuestra dirección, pues la comunidad cristiana no tiene dirección alguna. Lo mandamos a los destinatarios del encabezamiento y a los amigos y conocidos nuestros, para que lo extiendan y busquen su expansión, que pertenece –repetimos- a la comunidad cristiana del barrio y que hacemos nuestro.
La comunidad cristiana de Piñami Chico, de la diócesis de Cochabamba, reflexionando sobre el Evangelio de este domingo 7 de septiembre, relacionándolo con los hechos de violencia y de racismo, sucedidos en los últimos días en el Oriente, hemos tomado la resolución de dirigirnos a ustedes en la libertad que nos da el ser cristianos y hermanos, para decirles:
1. Todos los bolivianos/as somos hermanos/as, independientemente de la religión que profesemos y de la cultura a la que pertenezcamos. Pero si pensamos que la mayoría somos cristianos y católicos, bautizados en Cristo, hijos del mismo Padre, que llevamos a nuestros hijos a la catequesis y los acompañamos en la misma Comunión y que recibimos los mismos sacramentos y que les hablamos de Jesús y su Evangelio, con mas razón queremos decir que somos hermanos.
2. En el Evangelio de hoy hemos leído que Jesús nos dice: “Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas y, si se corrige, habrás ganado a tu hermano. Si no, toma a otros cuantos como testigos y corrígelo. Si no, díselo a la comunidad…”
3. Estamos dolidos por lo que está ocurriendo entre hermanos bolivianos y cristianos, por lo que está ocurriendo de pecado en los departamentos del Oriente del País, y queremos decirles en nombre de Dios que basta ya de agresiones a indefensos, a policías desarmados que cumplen con su labor, a mujeres ambulantes que buscan pacíficamente el sustento del día. Hay quien habla que esto es prácticamente una guerra civil. No es así como nosotros lo vemos. En realidad son agresiones unilaterales, del más fuerte al más débil. No es esto lo que profesamos cuando vamos a misa o recibimos la comunión o bautizamos a nuestros hijos. A todos nos han enseñado el respeto, el amor al prójimo, el sentido de la justicia y del bien común. Todos enseñamos a nuestros hijos a perdonar y a pedir perdón.
4. A los obispos queremos decirles que se pongan en medio del pueblo y nos recuerden estos principios que hemos aprendido de Jesús, y que ellos nos enseñan, que nos digan que es la hora de ponerlos en práctica, que nos los digan a todos sin miedo en todos los medios de comunicación y en las iglesias y les digan a nuestros sacerdotes, religiosas y religiosos que nos prediquen la verdad de Dios sin pelos en la lengua.
5. Nosotros somos campesinos y participamos del proceso de cambio que se está dando en el País. Es algo que hemos estado esperando desde muchos años y recibimos con mucha alegría y esperanza el acceso a la Presidencia de uno de los nuestros, el Presidente Evo Morales. Constatamos que esta alegría y esperanza la compartimos con el 67.4 % del País. Nosotros le damos gracias a Dios por ello y creemos que lo mismo hacen todos los pobres de nuestra Patria.
6. Al otro 33% de hermanos/as les decimos que no tengan miedo. Nuestro Presidente no ha llegado a meter a los contrarios a la cárcel ni los ha hecho torturar ni hay desaparecidos ni muertos por la represión, como ha ocurrido en épocas pasadas. Es un cambio pacifico el que se está produciendo por la presión de los pobres y por tantas penurias padecidas, pero nadie quiere matar ni hacer desaparecer a nadie ni quitarle el derecho a seguir viviendo. Entiéndanlo, por favor.
7. Estamos dolidos cuando vemos en la TV apalear a hermanos/as nuestros, indefensos, personas mayores, mujeres, a manos de jóvenes armados de palos y chicotes y de los insultos con que los humillan. ¡Somos hermanos¡ A lo mejor hemos participado el domingo en la misma Eucaristía. Nos avergüenza que nuestros hijos vean esto, cuando los llevamos a la catequesis y saben que Cristo enseña lo contrario.
8. Estamos extrañados de que los obispos no hablen ni intervengan ni denuncien estos atropellos, como esperamos. Volvemos a rogarles: Hablen en nombre de Dios. Y, si los violentos no les hacen caso, “considérenlos como publícanos y pecadores”, nos dice Jesús en el Evangelio de hoy. ¿No ven que, si no, da la impresión de que estuvieran de su parte? Al invitar a todos en general a un dialogo y al decir que depongan todos las violencia, meten a todos en el mismo saco. Y ahí si que nos quedamos escandalizados todos los pobres por nuestros pastores, porque a quien hay que denunciar es a los prefectos del Oriente y a los jóvenes que les hacen caso. El oficialismo no ha atentado de esta manera contra nadie ni contra el Estado. Esto es lo que hay que denunciar en serio con los pobres, cuyos intereses se ven afectados, porque los otros es con la rabia de perder sus privilegios que actúan, para que los demás les sigamos sometidos.
9. Muchos de nosotros, hemos aprendido de nuestros sacerdotes y formadores que la Iglesia latinoamericana tiene una opción tomada por los pobres, desde Medellín, Puebla y que la ha confirmado el año pasado en Aparecida. No se puede dejar en letra muerta todo esto: es la hora de ponerlo en práctica. Para nosotros es un tiempo bonito, que nos da la oportunidad de poner en obra mejor el Evangelio y el sueño de tantos cristianos de nuestro Continente, por el que dieron la vida muchos de ellos.
10. Quisiéramos que esta carta llegue al mayor número de personas. Que nadie tenga miedo a los cambios. Es la hora de compartir. No es posible el bochorno e una Bolivia rica llena de pobres. Si hay para todos, favorezcamos el reparto. ¿Cómo se entiende una familia en la que unos son ricos y otros son pobres? En nombre de Dios y Maria, su madre y nuestra Madre, que se acaben las violencias, los insultos, las amenazas, los destrozos. Hagámoslo por nuestros hijos y por el bien de todos.
(11 de septiembre, jueves).- Hoy, cuando vamos a publicar la carta, que hemos revisado entre varios miembros de la comunidad y por eso se ha retrasado el envío, vemos con indignación y vergüenza los destrozos hechos en Santa Cruz y El Oriente: toma de instalaciones publicas por parte de jóvenes armados de palos y mazas, que han saqueado y destruido oficinas del Estado, el INRA y la TV estatal, que han amedrentado e insultado a periodistas y otras personas honestas, la voladura de un gasoducto etc. Esto confirma lo que decimos: No hay que condenar a todos por igual. Estos son los violentos. Por lo tanto, si se invita al dialogo hay que ponerse del lado de los violentados, sin mediar, como si los violentos tuvieran igual razón. Porque, además, los violentados, somos el 67.3% del País y los otros son la minoría .En el dialogo hay que concederle la razón a las mayorías, so pena de querer desautorizar a las urnas, con el pretexto de que no se enrabien los otros. Que todas las personas de bien de Bolivia condenemos esto, les quitemos la autoridad a esos prefectos que piden al gobierno “volver a la legalidad”. Son ellos los ilegales. Digámoslo todos sin rodeos, los obispos, los religiosos y religiosas, los maestros, el defensor del pueblo, los DDHH, el Ejército, todas las confesiones religiosas. Que nadie quede sin manifestarse. No digan que hay violencia de lado y lado. No es cierto. Solo la están ejerciendo esas minorías enardecidas y ciegas de la “Media Luna”. Y hay que quitarles la razón con la denuncia y la no-violencia, para no entrar en su juego. Que se vean solos, pues son bien pocos, aunque ruidosos y peligrosos.
Comunidad Cristiana de Piñami Chico
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Miércoles 27 de agosto de 2008
Aunque se trata de la aproximación inicial y de los primeros resultados de una investigación de más largo aliento, el estudio sobre las creencias y actitudes religiosas presentado ayer constituye un valioso aporte que enriquecerá la reflexión y el debate social.
No es poco que el trabajo dirigido por Fortunato Mallimaci , ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, subraye algunas intuiciones e invite a matizar o corregir otras a la vez que seguramente promoverá el intercambio de ideas y aun controversias al interior de la Iglesia Católica y de otras confesiones.
Asi , el estudio ratifica que el bautismo es el rito de ingreso más practicado (95,3%) y lo contrasta con una menor tasa de matrimonios religiosos, a la vez que advierte sobre el fenómeno de la desinstitucionalización religiosa y de individuación de las creencias y registra que el 76 por ciento de los encuestados dice concurrir poco o nunca a los lugares de culto, aunque casi el 24 por ciento lo hace “muy frecuentemente” y de ese conjunto más del 60 por ciento declara pertenecer a iglesias evangélicas.
Al procurar opiniones sobre cuestiones controversiales como el aborto, la educación sexual , el uso de anticonceptivos, el estudio preliminar revela “la autonomía de conciencia y decisión” y la toma de distancia con postulados doctrinales de las instituciones religiosas.
No obstante, al explorar en la confianza en las instituciones y como ha sucedido en otras investigaciones, la Iglesia Católica y los medios de comunicación figuran a la cabeza con el 59 y 58 por ciento dentro de un panorama de calificaciones por debajo del 60% “que reflejaría bajo niveles de credibilidad”.
Son esas algunas de las vertientes sobre las que ahondarán no solo los responsables de la investigación sino, seguramente, para cotejarlas, confrontarlas o aprovecharlas dirigentes laicos, sacerdotes, obispos, pastores, teólogos, pastoralistas, estudiosos, miembros de la Iglesia católica y de otras confesiones.
La medición de carácter nacional cuyos datos fueron relevados en los primeros dos meses de este año , denota que la nuestra es una sociedad creyente, que valora la dimensión religiosa y en la que prevalece una cultura cristiana de largo espesor histórico que se expresa en las principales creencias de los argentinos.
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