Duelo de titanes

18-Marzo-2009 Juan José Tamayo
“No podía seguir otro camino, no sólo por la libertad, que siempre me fue querida, sino por la verdad, que está aún por encima de la libertad. Si lo hubiera hecho -entrar al servicio del sistema romano, así lo veo hoy-, habría vendido mi alma al diablo por el poder de la Iglesia”. Así se expresa el teólogo suizo Hans Küng en el segundo volumen de sus Memorias titulado Verdad controvertida.

Es, sin duda, el mejor resumen de su largo itinerario intelectual en ese duelo de titanes que ha mantenido durante más de medio siglo contra el poder absoluto de la Iglesia católica, o mejor, del Vaticano, y contra el peligro del actual pontificado de convertir a la Iglesia católica en una secta.

El teólogo suizo es, sin duda, uno de los intelectuales más respetados. En septiembre de 2005 era incluido en la lista de los 100 intelectuales más influyentes del mundo por las revistas Foreign Policy y Spectator. Es, a su vez, uno de los teólogos cristianos más reconocidos internacionalmente.
Difícilmente se encontrará en el panorama de la teología cristiana del siglo XX una obra tan extensa, sistemática, rigurosa y creativa como la suya, que suma más de 50 títulos, con numerosas ediciones y traducciones a los principales idiomas.
Se trata de una teología hermenéutica, crítica e interrogativa, que reformula la identidad cristiana en el horizonte de los nuevos climas culturales, desmitifica la autoridad eclesiástica, libera a la Iglesia católica de violencias e infidelidades antiguas y modernas de la Administración romana y es sensible a los problemas e inquietudes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Nada que ver con la cruel definición que diera del teólogo William Temple, arzobispo de Canterbury: “Es una persona muy sensata y sesuda que pasa toda una vida intentando dar respuestas exactísimas y precisas a preguntas que nadie se plantea”.
Küng se ha convertido en la conciencia crítica quizás más lúcida de la Iglesia católica, y más concretamente del fundamentalismo instalado en la cúpula del Vaticano. Este fundamentalismo se hace realidad en el dogma de la infalibilidad, cuestionado en su raíz en el polémico libro ¿Infalible? Una pregunta, en el que, a la luz de la filosofía del lenguaje, defiende la necesidad de que los dogmas se atengan a las leyes por las que se rigen todo tipo de proposiciones, ya que participan del carácter problemático de cualquier proposición humana.
El libro es comparable al Yo acuso (1898), de Zola. Los dos están guiados por una razón moral: uno, contra el hipócrita poder del Estado, con motivo del caso Dreyfus; otro, contra el incontrolable poder de la Iglesia en la figura del Papa, que actúa como monarca absoluto.
Tras la publicación del libro, Roma inició un largo proceso contra Hans Küng que terminó en 1979 con la retirada de la licencia eclesiástica para enseñar como teólogo católico. A pesar de la dolorosa derrota, Küng salió ganando, ya que, a sus 50 años, comenzaba una nueva etapa más fecunda todavía que la anterior en su trayectoria intelectual en torno a tres iniciativas.
La primera, el trabajo interdisciplinar con expertos en literatura y religión, físicos, economistas, psicólogos, científicos sociales y políticos, que ha dado lugar a importantes e innovadoras investigaciones.
La segunda, el diálogo entre religiones, culturas y cosmovisiones, con respeto a las diferencias y sin imperialismos de ningún tipo, ni culturales ni religiosos ni políticos.
La tercera, la propuesta de una ética mundial compartida por toda la humanidad en tiempos de salvaje globalización neoliberal, que formula en torno a cuatro principios 1. No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones. 2. No habrá paz entre las religiones sin diálogo de las religiones. 3. No habrá diálogo de las religiones sin estándares éticos globales. 4. No habrá en nuestro Globo supervivencia en paz y justicia sin un nuevo paradigma de relaciones internacionales basadas en estándares éticos globales.
Hans Küng ha llevado a cabo el duelo de titanes con el Vaticano de manera elegante, como demuestran las respetuosas, e incluso elogiosas, referencias a Joseph Ratzinger, colega suyo, primero, en el Concilio Vaticano II y en la Universidad de Tubinga, después inquisidor durante casi un cuarto de siglo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y ahora, Papa.
En el prólogo a su libro La Iglesia, Küng agradecía a su colega la valiosa ayuda que le había prestado. En la última de las siete lecciones dictadas en el semestre de invierno de 1995-1996 en la Universidad de Tubinga, volvía a referirse a Ratzinger de esta guisa: “Quisiera en este momento confiar -y lo digo sin el menor asomo de ironía- en que mi compañero en edad y en gran parte del camino, Joseph Ratzinger, que escogió otro camino y que también será nombrado profesor emérito este año, al mirar hacia atrás y a pesar de lo sufrido, esté tan contento y feliz como yo”.

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Reformas

ECLESALIA.- 19/03/09
Reformas Hnos. Martínez felicita el día del Seminario
Pepe Laguna, pepe.laguna@yahoo.es
PARLA (MADRID).

Reformas Hnos. Martínez C/ Juan XXIII, 12. Parla – Madrid

Estimado Rector del Seminario Mayor de Madrid, nuestra empresa familiar “Reformas Hermanos Martínez” se une a la celebración del día del seminario, y aprovecha la oportunidad para adjuntarle un presupuesto de las reformas necesarias en su edificio para adecuarse a la legislación vigente y a los nuevos signos de los tiempos.

Atentamente,
José Martínez.

Presupuesto 127/854
Reforma Edificio Seminario Mayor (Madrid)

1.- Instalación de baños para seminaristas femeninas ……. 1.680€
Descripción de los trabajos a realizar:
Debido al aumento de mujeres candidatas al sacerdocio, consideramos conveniente la realización de baños específicos para ellas. La actual situación de baños sólo para hombres es claramente insuficiente.

2.- Reconversión de parte de la biblioteca (planta baja) en guardería para hijos de sacerdotes y sacerdotisas ……. 2.875€
Descripción de los trabajos a realizar:
Cada vez son más los/las curas que piden compatibilizar su vida familiar con las ocupaciones académicas del seminario. Se propone destinar la parte que actualmente ocupan los catecismos obsoletos para guardería infantil y ludoteca.

3.- Cambio de la ubicación del altar (pasaría al centro) de la capilla principal ……. 580€
Descripción de los trabajos a realizar:
El altar actual separado de la comunidad pasaría a situarse en el centro de la capilla disponiendo todos los bancos alrededor de él. De esta forma se visibilizaría más claramente la presidencia compartida de toda la comunidad.

4.- Insonorización de las aulas 2 y 3 para los carismas “más ruidosos” ……. 2.600€
Descripción de los trabajos a realizar:
Recogiendo las reivindicaciones de los músicos, los de hablar inspirado y los niños, se insonorizaran dos aulas para que se formen y preparen sus carismas en igualdad de condiciones que los homiletas.

5.- Adaptación del último piso para vivienda de mujeres maltratadas y sus hijos ……. 5.800€
Descripción de los trabajos a realizar:
Siguiendo el principio evangélico de que todo edificio cristiano debe tener un espacio para acoger a los/las excluidos/as se habilitará el último piso para acoger a mujeres víctimas del maltrato machista.

Total Presupuesto: 13.535€
IVA (16%): 2.165€
15.700 €

Forma de pago: Como en reformas anteriores, los gastos serán abonados mediante colectas voluntarias de los/las cristianos/as interesados/as.

(Este presupuesto tiene una validez de un mes)

Parla, 19 de Marzo de 2009

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El nombramiento del obispo de Linz

Por MANUEL DE UNCITI | SACERDOTE Y PERIODISTA

Los obispos son nombrados no 'contra' la Iglesia local sino a favor de ésta». Afirmación de Perogrullo, sin duda y a primera vista; pero afirmación con mucha miga si se tiene en cuenta que está dicha en un muy reciente documento -carta pastoral- de la Conferencia Episcopal de Austria y que los miembros de ésta habían sido convocados de urgencia y de modo extraordinario para el caso por el cardenal arzobispo de Viena, monseñor Christoph Schönborn. ¿De qué se ha tratado? ¿Qué es lo que ha ocurrido?
Ha ocurrido que la Santa Sede había anunciado oficialmente su decisión de nombrar al sacerdote Gerardo María Wagner, de 54 años de edad, como obispo auxiliar del residencial de la diócesis de Linz, Ludwig Schwarz, de 68 años. El sacerdote Wagner no era ningún desconocido para la gran opinión pública de Austria. En mala hora, por cierto, ya que saltó a la fama por calificar de 'satánica' la figura de Harry Potter y por atribuir, en 2005, a castigo del cielo la terrorífica destrucción que causó en Nueva Orleans el huracán 'Katrina'. Su conocido integrismo le llevaba a no permitir que las chicas subieran al presbiterio para intervenir como monaguillos o proclamar las lecturas de la Biblia... ¡Cosas de poca monta!, dirá -y no sin razón- más de uno; pero 'detalles' que revelan un espíritu ultramontano e intransigente.
Sus compañeros sacerdotes no le veían con ojos demasiado benévolos, como es natural. En una diócesis fuertemente dividida entre progresistas y conservadores, el padre Wagner había optado decididamente por estos últimos, hasta convertirse en su abanderado. Le jaleaban sus prédicas y más cuando bordaba algunos temas morales. Hizo época -valga por caso- su sermón sobre los homosexuales. Para Wagner y los suyos, éstos son simplemente unos enfermos que pueden y deben curarse.
Con todo esto por delante, ¿cómo entender que Roma hubiere decidido nombrarle obispo? ¿Ignoraba el Vaticano estos 'detalles' y otros de igual tenor, pese a que estaban en boca de todos los católicos austríacos? ¿Qué informaciones había recabado la Nunciatura apostólica, responsable de llevar a Roma los nombres de los candidatos al episcopado, y qué controles había dispuesto el dicasterio de los obispos para verificar la autenticidad de las informaciones? ¿Y es o no verdad lo que dicen los periódicos austríacos sobre que el nombre del padre Wagner fue introducido en la lista de tres nombres propuestos por el obispo de Linz sin que a éste se le notificara el añadido? De ser esto cierto, estaríamos ante unos manejos curiales obsesionados por confiar la dirección de la Iglesia a los más conservadores.
«No podemos quedarnos cruzados de brazos». Ha sido el clamor de los sacerdotes más considerados de la diócesis de Linz. «Está en juego -ha añadido uno de ellos- el seguir siendo una Iglesia abierta o el limitarnos a ser un pequeño grupo. No queremos parecer como una secta». Y dicho y hecho. Los párrocos de toda la iglesia local se congregaron en una reunión informal. Por 31 votos contra 4 rechazaron el nombramiento del padre Wagner. Propusieron, además, solicitar en la predicación del domingo en todas las parroquias la renuncia al episcopado del propuesto como auxiliar de Linz. Algunos, más extravagantes, optaron por que las cosas siguieran su curso, reservándose, sin embargo, la facultad de manifestar su enérgica protesta en el acto mismo de la ordenación litúrgica del nuevo obispo... No hubo lugar a ninguna de estas medidas de fuerza. El propio interesado, el padre Wagner, se apresuró a hacer pública su renuncia al episcopado. Añadió que así se lo haría saber al propio Benedicto XVI.
El residencial de la diócesis de Linz ha aplaudido esta decisión. Ha juzgado que favorecía los intereses de la iglesia local. De igual sentir ha sido el presidente del grupo laical: «También nosotros somos Iglesia» . Se ha mostrado «feliz con la renuncia del padre Wagner». La Conferencia Episcopal, por su parte, ha comentado por boca de su presidente, el cardenal Schönborn, que «los católicos tienen derecho a que los obispos demos lo mejor de nuestra parte para resolver esta crisis». El 9 de febrero se encontró en Roma con el Papa. Le hizo saber que sería muy negativo el nombramiento del padre Wagner y que la sola propuesta del mismo había sido una desconsideración para con el obispo de Linz. Vuelto a Viena y reunido con los demás obispos, redactó una carta pastoral. Se lee en ella: «Cuando el nombramiento de un obispo significa para los creyentes motivo alegría e impulso, entonces pueden esperarse bienes para la unidad de la Iglesia».

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Una adelantada eso es lo que fue. Eso es lo que es.

Chiara Lubich ya está en la eternidad viviendo plenamente al Dios Amor que la eligió para Mostrarlo. Su Pascua personal, ese pujo definitivo hacia la plenitud, se anticipó a la que los cristianos seguimos memorando en estos días.
Vivimos hoy en pleno tiempo pascual. Son los días en que nos conmovemos leyendo y releyendo los relatos de los primeros tiempos, de las primeras comunidades que ponían todo en común y partían el pan.
¡¿Qué mejor contexto para esta celebración de la vida de Chiara?! ¿Acaso podríamos celebrar con fidelidad su vida entregada al empeño de la unidad si no lo hiciéramos orando juntos, acallando el dolor y las heridas que aun nos provocan las divisiones?
Una adelantada, eso fue. Eso es. Por eso, en medio del escándalo del odio y el horror de la guerra pudo intuir el amor y conmoverse con aquél desafío de Jesús a la humanidad: “Que todos sean Uno”.
Y sin comprender, como María, Chiara también pronunció el sí. Ese sí hondo, raigal. El Dios Amor la había inspirado para ser cauce, estímulo y artífice para ampliar el sendero de la búsqueda incesante del hombre. ¡Que todos sean Uno! , extensión del mandamiento nuevo, el único en boca de Jesús. Un mandamiento que necesitaba, necesita, exige, odres nuevos.
Una adelantada, eso fue. Eso es Chiara. El fragor de la Segunda Guerra, los gritos de dolor y desesperanza de los pobres y perseguidos, la dispersión de los cristianos, no impidieron que Chiara y sus amigas escucharan la llamada. ¡Y así se lanzaron a construir el Movimiento de los Focolares, odre nuevo, para extender aquél llamado de Jesús, siempre lozano, siempre interpelador. Un llamado al que tantas veces con incomprensible empeño se pretende reducirlo a normas y ritos. Un llamado que con demasiada frecuencia los cristianos vaciamos ,desvirtuamos con vidas que se distancian del Evangelio.
Caminos no atajos es lo que necesitamos. Odres nuevos, plurales, abiertos a la esperanza en ese Dios Amor que inspiró y hoy acoge a Chiara.
Odres dispuestos al encuentro con el otro, a la comprensión y al diálogo que ante todo es escucha.
Una adelantada eso fue. Eso es. La simiente de Trento se expandió. Se hizo renovación, cambio, novedad y contribuyó - ¡y cómo! - a encauzar y multiplicar el fenomenal Soplo que fue el Concilio Vaticano II.
Y aquí, en el continente de la esperanza, en las tierras de la fe en Jesús y la devoción mariana, el llamado a la unidad, fue también argamasa para los creyentes en el Dios Amor.
Así, el odre nuevo se hizo Mariápolis, ecumenismo , diálogo con las otras religiones, empeño por la unidad , por la comunión. El odre nuevo se hizo sonrisa y entrega.
Más que un instrumento valioso, el diálogo es para Chiara un gesto de fidelidad, una expresión actualizada del modo de revelación de Jesús que tendió su mano, su propuesta gratuitamente a la libertad del hombre.


El odre ha de ser hoy bregar para poner fin al escándalo de la división de los cristianos y ahondar el diálogo entre los creyentes, Dos desafíos mayúsculos nos convocan hoy en este cambio de época a los hombres y mujeres de fe:
* el de hacer resonar fuerte y alto el llamado a reconocernos como hermanas y hermanos
*el de abrir juntos los oídos del corazón al grito de dolor que sube a Dios de decenas, centenares de millones de hombres y mujeres. Los creyentes hemos de encontrarse en ese grito al ponernos de manera realista e irrevocable del lado de quien se encuentra agobiado por la injusticia y la pobreza.
También a nosotros, aquí, nos interpelan esos desafíos de una manera particular.
En esta tierra asolada no hace mucho por una honda crisis que nos asomó a la disgregación, vivimos los efectos devastadores de la puja salvaje de intereses y nos estremecimos ante la frialdad voraz de los que creían que sólo el derecho de propiedad se había hecho trizas.
Rescatar aquéllos días difíciles y dolorosos, hacer memoria de ese tiempo en el que pareció asomar la posibilidad de que cada dirigente dejara de cargar la mochila del vecino y comenzara a aportar su propia revisión para participar solidariamente de la construcción de un espacio diferente, es una tarea tan común como imperiosa.
La historia no puede reescribirse , es cierto. Pero hurgar en nosotros y en el conjunto para desandar aquel atajo que nos perdió; pronunciar la palabra que faltó y revisar el prejuicio que nos separó y de ese modo restaurar la confianza que aun nos carcome, es una tarea pendiente. ¿Acaso ajena para los cristianos? ¿Distante para los creyentes?
Para un cristiano y una cristiana, la vida ha de ser el camino que recorremos con otros al estilo de Jesús. Ser cristianos, entonces, supone riesgo y radicalidad. ¿Si así viviéramos, nuestra sociedad no acercaría un poco más sus diferencias y sus desigualdades?
Por eso, ante la crisis que atravesamos, en lo nacional y en lo planetario, desde un sincero espíritu de autocrítica, los cristianos, los creyentes me atrevo a decir, debemos reconocer que somos parte del problema, y preguntarnos: ¿Qué responsabilidad tuvimos y tenemos en la decadencia del país, la sociedad y la cultura? ¿En la desigualdad y en la injusticia? ¿En la escandalosa brecha social?
Participar, estimular la recuperación de un sentido del bien común extraviado no es abogar por la uniformidad sino abonar una tierra compartida en la que pueda crecer la diversidad y escucharse la sinfonía de los matices. Como esta noche aquí al celebrar unidos fraternalmente la vida de quien bregó para que todos sean Uno.
Una adelantada eso fue. Eso es Chiara Lubich.

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Un Papa solo y una curia caótica

Sábado, 14 de marzo 2009

Cuenta Íñigo Domínguez en El Correo que la carta de Benedicto XVI para aclarar la polémica del perdón a los lefevbrianos, el grupo ultraconservador separado de la Iglesia en 1988, ha causado una conmoción sin precedentes en este pontificado, y cuesta recordar una así en el de Juan Pablo II. Ratzinger lamentó «el odio sin reservas» de algunos católicos y hasta dijo que en la Iglesia «se muerde y devora».
Pocas veces un Papa ha expresado su sufrimiento en el cargo de forma tan personal, un eco de la angustia que atenazaba a Pablo VI. Ayer la prensa italiana repetía un titular, 'La soledad del Papa', y se discutía abiertamente de un secreto a voces, el caos en la gestión de la Curia.
El 'Osservatore Romano' publicaba otro artículo sorprendente de su director, Giovanni Maria Vian, con esta frase: «La lucidez del análisis papal no evita cuestiones abiertas y difíciles, como la necesidad de una comunicación más preparada en un contexto donde la información está expuesta a manipulaciones, entre ellas la fuga de noticias, que cuesta no definir mísera. También dentro de la Curia, organismo históricamente colegial y que tiene un deber de ejemplaridad». Tanto la revocación de la excomunión a los lefebvrianos como la carta del pontífice se filtraron un día antes.
Como admite Benedicto XVI, falla la comunicación. No es culpa de su director de prensa, el jesuita Federico Lombardi, que se pasa el día apagando fuegos y que no para porque también dirige la radio y televisión vaticanas. Es que las oficinas y prelados de la Curia van por libre, sin un gobierno claro, y a veces se mueven por intereses propios. En este caso parece haber pesado la mano de los sectores conservadores que querían acelerar el proceso a toda costa. El máximo responsable de la Curia es el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, hombre de confianza del Papa pero ajeno a los despachos romanos y que, además, pasa parte del tiempo fuera, en Italia y en el extranjero, como en su reciente viaje a España.
La Curia, el organigrama de oficinas que hace funcionar la Santa Sede, sigue la mejor tradición italiana de componendas palaciegas. Es una cosa muy romana. Juan Pablo II cayó aquí como un marciano y dejó hacer y deshacer. Ratzinger, pese a haber pasado 24 años en Roma al frente de Doctrina de la Fe, siempre se ha mantenido al margen de las comidillas y al ser elegido se habló mucho de su deseo de reformar la Curia, pero se ha quedado en nada. Ahora el problema ha estallado.
Bertone se vio obligado a hablar ayer con una aclaración inédita, porque nunca se pensó que fuera necesaria: «Todos los colaboradores del Pontífice son lealmente fieles y están profundamente unidos a él (...) no obstante alguna voz fuera de tono, quizás debida a la falta de confianza en el Papa». Bertone casi siempre actúa a toro pasado. Una de las causas de los dolores de cabeza de Benedicto XVI es que no consulta, decide solo y no presta atención al uso de los medios, hoy esencial y que, poco controlado, juega malas pasadas. Sobre todo si los enemigos de la Iglesia aguardan la ocasión de hacer leña. La polémica con el Islam del discurso de Ratisbona en 2006 fue un buen ejemplo.
Como entonces, en este caso el Vaticano ha reaccionado tarde y mal. Lo audaz y novedoso es que el Papa se ha expuesto personalmente para cerrarlo, con una humildad sorprendente. El efecto positivo de esta lección es que quizá la Iglesia sale reforzada. «Nunca había visto un escrito de un Papa tan personal y abierto», ha dicho asombrado Robert Zollitsch, presidente de los obispos alemanes, los más críticos en este episodio, como los de Austria, Suiza, Francia o Bélgica. Todos expresaron ayer su afecto a Ratzinger.

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El texto completo de la carta escrita por el Papa Joseph Ratzinger a los obispos católicos, en respuesta a la "avalancha de protestas" en contra de su decisión de revocar la excomunión a los lefebvrianos
por Benedicto XVI


Queridos Hermanos en el ministerio episcopal!

La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy.

A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento.

Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.

Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia.

Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico.

Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.

Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación.

La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía.

La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio.

Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.

A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar.

No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.

Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes?

Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: "Tú… confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pe 3,15).

En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.

Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes.

En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo- está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la encíclica "Deus caritas est".

Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota.

Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?

Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?

Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces?

¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.

Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: "No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: Amarás al prójimo como a ti mismo. Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente".

Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor?

En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones.

Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.

Con una especial Bendición Apostólica me confirmo

Vuestro en el Señor

BENEDICTUS PP. XVI

Vaticano, 10 de marzo de 2009

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Pbro. Dr. José Amado Aguirre

Este es un gran tema que algún día se deberá analizar desde la teología, el derecho canónico y sobre todo desde el mismo cristianismo. No es fácil aportar ideas razonables sobre esta materia. Sin embargo la “racionabilidad” de la ley es fundamento para su misma validez. Esto es claro y positivo después de las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino y de los filósofos y teólogos españoles como Vitoria, Suárez y otros.
En este contexto histórico y teológico se están produciendo en nuestra sociedad argentina de excesiva tendencia tradicional católica, algunos casos que obligan a una reflexión profunda y libre de prejuicios. Tarea difícil por cierto. Pero posible y necesaria. A mediados del mes de agosto de 1997, las agencias noticiosas divulgaron un caso exótico: en una Iglesia de la Provincia de Santa Fe, el mismo obispo diocesano negó la comunión a un sacerdote casado por el civil sin el matrimonio canónico. Este caso exige una mayor clarificación para los fieles.
Trataré de aproximarme a una interpretación teológica y canónica.

Marco histórico.

Teológicamente la Iglesia ha enseñado y enseña que el llamado sacramento del orden sacerdotal está referido al servicio de la comunidad, y no para el propio y exclusivo provecho, gracia o dignidad del ordenado (diácono, presbítero, obispo) Es decir, que el fiel bautizado que ha recibido el sacramento del orden sagrado, deberá ejercer algún ministerio sacerdotal específico según las disposiciones reglamentarias canónicas del caso.
Además la misma teología afirma que tal orden sagrado “imprime carácter”, es decir que es uno de los sacramentos de por sí indelebles, permanentes, y por lo tanto no se puede repetir ni perder, como pueden y aún deben en algunos casos repetirse los sacramentos de la eucaristía (comunión), confesión (reconciliación), matrimonio y extremaunción (santa unción)
Una última observación teológica: la obligatoriedad del celibato sacerdotal es una determinación positiva disciplinaria en la Iglesia católica de rito latino que no vincula a la religión católica de rito oriental. No es por lo tanto un requisito esencial para recibir el orden sagrado, aún cuando históricamente desde hace siglos las legítimas autoridades de la Iglesia lo exijan como conditio sine qua non (condición imprescindible para recibir el orden sagrado en el rito latino) Así está legislado en el Código actual de derecho canónico (1983)

Comienzan las innovaciones sobre el celibato.

Un Papa muy inteligente e innovador, Pío XII, tuvo el santo atrevimiento de romper esa inseparabilidad canónica entre sacerdocio y celibato en nuestra Iglesia de rito latino. Autorizó a pastores anglicanos que ingresaban a la Iglesia católica y que ya estaban casados válidamente, a continuar su vida conyugal incorporados al clero romano. El Papa Pablo VI continuó con esta política pastoral ampliando aún a otros casos de pastores cristianos no católicos (protestantes) que se incorporaran a la Iglesia católica. El número de sacerdotes católicos del rito latino que podía vivir sexualmente su vida de familia, se aumentaba rompiendo el viejo tabú de la inseparabilidad de celibato y sacerdocio aún dentro del rito latino.
El Concilio Vaticano II, laudable por tantos títulos, no trató el tema del celibato sacerdotal por la oposición directa del Papa Pablo VI. En compensación, este Papa accedió a liberar a miles de sacerdotes del compromiso celibatario permitiéndoles el matrimonio canónico sacramental. Sin embargo, no quiso considerar la creciente solicitud de laicos, sacerdotes y aún obispos, de otorgar el llamado “celibato opcional” para respetar la vocación sagrada ministerial de aquellos que no quisieran obligarse a un renunciamiento absoluto a la vida conyugal.
Así las cosas y las leyes eclesiásticas, en pocos años creció inmensamente el número de sacerdotes que pedían autorización para un matrimonio cristiano normal y público en resguardo de la autenticidad de su conciencia. Pero para obtener esta facultad matrimonial debían renunciar formalmente y para siempre al ejercicio del ministerio sacerdotal. En lenguaje canónico, quedaban “reducidos al estado laical”.
Actualmente son bastante más de cien mil quinientos estos sacerdotes que en la práctica están marginados aún de los oficios que un laico puede ejercer y ejerce en la administración y en el culto católico.

¿Celibato obligatorio? Algunas conclusiones posibles entre muchas.

La sociedad actual investiga cada vez más las realidades y no las supuestas o posibles o utópicas situaciones. El Pueblo de Dios, título que el Vaticano II adjudica a la Iglesia católica, se pregunta azorado: ¿hasta cuándo privilegiaremos las leyes de los hombres sobre el mandato divino? El celibato, no es un mandato divino. Sí lo es el matrimonio.
El celibato, para ser virtud, se debe radicar en la libertad, la cual no se puede estratificar en ningún momento histórico. Encapsular la vocación sacerdotal en el celibato, no es legítimo ni teológica ni jurídicamente. El hecho histórico, no continuo ni lealmente observado, de la inseparabilidad de sacerdocio y celibato no constituye un argumento teológico. Habría que traer a colación la máxima forense romana que ha pasado al mismo derecho canónico actual: error corrigitur ubi deprehenditur (se debe corregir el error dónde y cuándo se lo descubra)
Pero hay algo más y mucho más grave en esta cuestión y que merece un aparte en el escrito y un focalizado argumento ad hoc. Así se tratará de cumplir con la pregunta inicial de este tema.
¿Es lícita y válida la prohibición ilimitada de ejercer el ministerio sacerdotal al sacerdote casado canónica y sacramentalmente por la Iglesia ?
He aquí la cuestión en su cruda realidad. Sé que me muevo en terreno minado… pero vale la pena arriesgar todo, aún la vida en pro de la verdad, la caridad y la misma justicia. Esta es mi auténtica postura sacerdotal: tal prohibición ut supra, es no sólo ilícita teológica y jurídicamente, sino que es insanablemente nula de pleno derecho.
Doy en síntesis algunas razones necesarias y suficientes para toda persona que busca la verdad sin temor. Ya San Pablo decía: la fe expulsa el temor. Yo creo con toda el alma en Jesús que vino a salvar con la ley… al margen de la ley… o en contra de toda ley de los hombres. “El sábado, es decir la ley, está para el hombre y no el hombre para el sábado”.
Exposición argumental: Ya que el orden sagrado “imprime carácter” es decir, que es indeleble, y ese orden es “para el ejercicio ministerial específico”, por derecho divino no puede ser suprimido para siempre por ninguna autoridad en la tierra. La legítima potestad eclesiástica sólo puede reglamentar el ejercicio, y aún limitarlo y suspenderlo temporalmente por causales determinadas positivamente por la misma legislación religiosa que está contenida en el Código de derecho canónico. En el Código se estatuyen las causales de excomunión y suspensión a divinis de sacerdotes y obispos.
Allí no se tipifica el caso de un ordenado que accede al matrimonio con dispensa de la Santa Sede. Por lo tanto, siendo toda ley penal de estricta y restringida interpretación, se ve con claridad la ilicitud y aún ilegalidad de la prohibición “sine die” del ministerio sacerdotal a tales sacerdotes casados.
Pero hay otro argumento más contundente: toda pena dice relación a algún delito, y cuanto mayor es la pena, mayor debe ser el delito. Pues bien, ¿dónde está el delito para tanta pena? Si la Santa Sede autoriza la recepción de un sacramento, no puede basar en tal recepción la penalidad de la inhabilitación “pro” vita del ordenado. Sería admitir subliminalmente que a pesar de la autorización de la Iglesia , y a pesar de que se trata de la recepción de un sacramento, tal sacramento del matrimonio no borra la “iniquidad” de renunciar al celibato. Quien así pensara, estaría muy próximo a la herejía.
Conclusión. Creo suficientes estas razones para que al menos el lector se preocupe de pensar en serio si es creyente católico. La Iglesia del Vaticano II es la del Pueblo de Dios. Todos, clérigos y laicos debemos contribuir a hacer creíble nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro Amor.

Pbro. Dr. José Amado Aguirre

padreaguirre@arnet.com.ar

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