La extraordinaria semejanza entre el método misionero de Mateo Ricci en la China del siglo XVII y el diálogo entre el cristianismo y las culturas propuesto hoy por Benedicto XVI
por Sandro Magister
ROMA, 1 de octubre de 2010 – En el importante discurso tenido en Londres en el Westminster Hall el 17 ce setiembre, Benedicto XVI lo afirmó del modo más neto:
"Las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación".
Y prosiguió:
"El papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. [...] Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos".
La exigencia de una integración positiva entre fe y razón es un pilar de este pontificado. Pero incluso antes de ser elegido Papa, Joseph Ratzinger había insistido en ello varias veces. Por ejemplo en el memorable debate que tuvo con el filósofo alemán Jürgen Habermas en Munich en el 2004.
En aquella ocasión Ratzinger dijo que los principios racionales accesibles a todos deberían ser la base de un diálogo intercultural e interreligioso. E hizo una referencia a China: "Lo que para los cristianos tiene que ver con la creación y el Creador, en la tradición china correspondería a la idea de los ordenamientos celestes".
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La China es uno de los desafíos más colosales que la Iglesia católica está llamada a afrontar hoy. Y no sólo por motivos relacionados a la libertad religiosa.
En efecto, la distancia entre la visión occidental y cristiana del mundo y la de las grandes civilizaciones del Oriente - no sólo China sino también India y Japón - es decididamente más profunda que con la del Islam, una religión histórica que tiene además rasgos comunes con el judaísmo y el cristianismo.
El desafío es más fuerte hoy, con China que surge como nueva potencia mundial. Pero lo ha sido también en el pasado.
Entre los siglos XVI y XVII asumió este desafío un misionero genial, el jesuita italiano Mateo Ricci, de quien se cumple en el 2010 el cuarto centenario de su muerte, con muestras de arte, estudios, congresos, incluso en China donde él es considerado una gloria nacional. Está en curso también su proceso de beatificación.
Ricci, en el dialogar con los sectores cultos del Pekín de la época, adoptó una aproximación extraordinariamente semejante a la que hoy es propuesta por Benedicto XVI. Sabía bien que el Evangelio cristiano era una novedad absoluta, venida de Dios. Pero sabía también la razón humana tiene origen en un único Señor del Cielo, y es común a todos los colores que viven bajo el mismo cielo.
Él pues confiaba en que también los chinos pudieran acoger "las cosas de nuestra santa fe", si estas se "confirmaban con tanta evidencia de razones".
Su anuncio de la novedad cristiana fue pues gradual. Tomaba como punto de partida en los principios sapienciales del confucianismo, de los aspectos comunes que estos tenían con la visión cristiana de Dios y del mundo, para elevarse poco a poco a la novedad absoluta del Hijo de Dios hecho hombre en Jesús.
Mateo Ricci no obró igual con el budismo y el taoísmo, que sometió en cambio a severa crítica. Un poco como habían hecho antes de él los Padres de la Iglesia, muy críticos respecto de las religiones paganas pero en respetuoso diálogo con la sabiduría de los filósofos.
Sobre este aspecto genial de la obra misionera de Mateo Ricci un sucesor suyo en la misión ha escrito un libro importante: el padre Gianni Criveller, 49 años, del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras de Milán, desde hace veinte años activo en China, docente en el Holy Spirit Seminary College y en la Universidad China de Hong Kong y autor de numerosos ensayos.
El pasaje que sigue ha sido tomado del capítulo central del libro. Y arroja una luz no sólo sobre cómo Mateo Ricci actuó hace cuatro siglos, sino también sobre como el cristianismo puede afrontar hoy el desafío chino, con un método que es el mismo propuesto por el actual Papa.
No me gusta la vuelta de la tiara. Ni por ella misma ni por lo que simboliza, por lo que implica de vuelta atrás, de recuperación de lo que, a mi juicio, más aleja a la Iglesia del Cristo de la corona de espinas. ¿Resucitará también el Papa Ratzinger la silla gestatoria?
Lo que está claro es que, en Roma, no se da puntada sin hilo. ¿Qué significa esta puntada tan inesperada? En la más benigna de las interpretaciones, la recuperación de la tiara podría inscribirse en la hermenéutica de la continuidad, tan querida para este Papa. Eso significa, para entendernos, que habría que redimensionar el Concilio Vaticano II a la luz de Trento, del Vaticano I y de los demás concilios de la Iglesia. Es decir, cortarle las alas., domesticarlo y reconducirlo.
Redimensionar el Concilio, causa de todos los males para los que mandan desde hace 30 años, sin conseguir fruto alguno, a pesar de su evidente marcha atrás en casi todo lo que proponía aquella gran primavera eclesial. Y, agraviar, en cierto sentido al Papa que culminó el Concilio, al Pablo VI que decidió prescindir de la tiara y regaló la suya personal a la Basílica of the Nacional Shrine of the Immaculate Conception en la Ciudad de Washington. Como regalo papal a los católicos de los Estados Unidos.
Pero en Roma hay más tiaras. Existen más de veinte tiaras en el Vaticano para un posible uso futuro. Todas ellas obras de arte y de un valor incalculable en piedras preciosas. La Tiara Milán (1922) de Pío XI tenía dos mil piedras preciosas incrustadas, mientras la de Juan XXIII (1959) tenía veinte diamantes, dieciséis esmeraldas, sesenta y ocho rubíes y setenta perlas. La cantidad programada originalmente era el doble, pero Juan XXIII insistió que la mitad fuera devuelta y el ahorro fuese donado a los pobres.
Distintos Papas, distintos signos. No me gustan los antisignos de la tiara ni de la silla gestatoria, aunque respete a los Papas que las promueven y recuperan. Y mucho menos si encubren o insinúan la descalificación del Vaticano II. Quizás por eso, me sigo quedando con Juan XXIII y con Pablo VI. Son mis Papas preferidos. Pero entiendo que otros prefieran a Juan Pablo II o a Benedicto XVI.
José Manuel Vidal
Director de Religión digital
El papa como símbolo
He leído con atención los comentarios que se han hecho a lo que escribí, el pasado día 7, sobre los viajes del papa. Ante todo, quiero agradecer sinceramente, a quienes han expresado sus puntos de vista sobre este asunto, las aportaciones que han hecho para que todos sepamos situarnos lo mejor posible ante lo que implican los viajes papales, que siempre tienen una importante repercusión mediática. Comprendo las críticas que han hecho algunos comentarios. Es más, no sólo las comprendo, sino que además quiero destacar que las agradezco especialmente. Porque me hacen caer en la cuenta de puntos de vista que, sin duda yo no he sabido expresar debidamente. Si este blog quiere presentar una teología “sin censura”, el peor enemigo de este blog sería quien pretendiera asumir competencias de censor. Con tal que las propias ideas se expongan con el debido respeto, para quienes piensan de manera diferente, nunca deberíamos perder la compostura. Aceptar a los demás, tal como son y como piensan, es lo mejor que podemos hacer cuando entramos en este blog.
Pero esto no se debe entender como dejación de las propias convicciones. No es posible estar de acuerdo con todo el mundo. Porque no se puede aceptar, a la vez, una idea y su contraria. El respeto al otro no impide el disenso. Todo lo contrario, puesto que nadie posee la verdad plena y el conocimiento total, las diversas aportaciones, aun cuando sea opuestas, nos enriquecen a todos. Por eso, a la vista de las diversas reacciones, me parece que puede se de utilidad presentar un aspecto nuevo, que llevan consigo los viajes del papa, y que hasta ahora no se ha mencionado.
El papa, precisamente por lo que representa ese cargo, tiene un enorme poder simbólico ante la opinión pública mundial. Y esto reviste una importancia extrema. Porque, en la vida, aprendemos más por lo que percibimos mediante símbolos que lo que nos llega mediante ideas o conceptos. Lo más decisivo, para nuestro bien o para nuestro mal, para nuestra felicidad o para nuestra desgracia, no llega a nosotros mediante teorías, sino mediante símbolos. Baste tener en cuenta que un símbolo - dicho de la manera más sencilla posible - es la expresión de una experiencia. No es, por tanto, la mera transmisión de una idea, de un concepto, de un programa, etc. Insisto, hablar de símbolos es hablar de experiencias. Ahora bien, lo más determinante en nuestras vidas, no son las ideas, sino las experiencias. Por ejemplo, el amor o el odio, el sentimiento de respeto o el dolor de la humillación y el desprecio, la estima de los demás o la indiferencia que otros nos muestran, todo eso nos marca de forma decisiva. Es más, un niño recién nacido no percibe ideas. Sólo puede percibir experiencias: se siente solo o se siente querido por su madre. Y eso le produce paz y alegría o le causa desamparo y llanto. Por todo esto, en la comunicación humana, la mirada es más importante que el ojo. Y la expresión del rostro es más decisiva que lo que dicen las palabras.
Jesús nació como nació, vivió como vivió y murió como murió, entre otras razones, porque el conjunto de su vida y su historia es, sobre todo, un gran símbolo para todo ser humano. Es el símbolo de lo más entrañablemente humano. Dios se humanizó en Jesús. Y eso es lo que nos lleva a Dios. Hombres importantes, revestidos de poder y dignidad ha habido, y sigue habiendo, muchos (quizá demasiados) en este mundo. Es posible que los notables, los grandes, los poderosos, nos humanicen. Pero, si nos humanizan, no es por su ostentación y su presencia impresionante. Por eso, entre otras razones, me parece tan decisivo que el papa - que nos debe recordar siempre a Jesús - vaya siempre por el mundo de la manera más parecida posible a como iba Jesús por los caminos de Galilea. Por supuesto, no soy tan ingenuo como para pedir que el papa viaje a pie o montado en una mula. Yo no pido nada más que, en cuanto le sea posible, el papa viaje y se presente en todas partes como un hombre modesto, sencillo, cercano, accesible a todo el mundo. Ya lo han dicho algunos en sus comentarios: tal como se organizan los viajes pontificios, el papa no puede oír a la gente, sobre todo oír a los que más sufren, ver cómo viven, dónde viven, qué necesitan, qué esperan de la Iglesia... El papa, cualquier papa, tiene que enseñar mucho en el mundo. Pero también tiene que aprender mucho de las gentes que viven, sufren y buscan a Dios en este mundo. Por lo demás, y como tantas veces hemos dicho, en la vida no basta ser bueno. Además de eso, hay que parecerlo. Tal como viaja el papa, a mí se me antoja que le parece más a un gran magnate que a un humilde seguidor de Jesús. Yo no pido otra cosa. Ni más ni menos que lo que acabo de decir. Por eso, aparte de otros motivos, me da pena la noticia que me acaba de comunicar un periodista: Benedicto XVI ha decidido cambiar su escudo: de él ha quitado la mitra episcopal y ha colocado la tiara medieval, la triple corona que usaron los papas hasta Pablo VI. Una de las coronas de la tiara era la corona de rey. No discuto la historia o las ideas que haya detrás de esta decisión del actual papa. Lo que me da pena es lo que mucha gente va a pensar y cómo va a reaccionar. Más que nada, por lo que este gesto simboliza, que noes tanto “regresión” a lo pasado, sino “poder” ante lo presente. Quisiera que el periodista no me haya dicho la verdad. Pero, si es cierto que el papa ha retomado la triple corona, lo siento de verdad, por lo mucho que me importa la Iglesia y su ejemplaridad evangélica.
José María Castillo
Teólogo español, dejó la Compañía de Jesús en 2007
Sergio Micco
La Iglesia católica está viviendo una innegable crisis. Las acusaciones de abusos de poder no son más que la parte visible de un fenómeno mucho más extendido y profundo. No podemos creer simplemente que los problemas se reducen sólo o principalmente a la moral sexual de parte del clero y a una institucionalidad envejecida, centralizada en Roma y jerarquizada en torno al papado.
El presente artículo busca abordar las causas intelectuales de la crisis del cristianismo europeo, que llega también a América Latina. Luego presentaremos el debate acerca del Concilio Vaticano II como causa o resolución de la crisis. En tercera instancia, analizaremos una respuesta a la crisis institucional, adaptando la forma y énfasis de la misión de la Iglesia a los nuevos tiempos. Finalmente, cerraremos mirando nuestra Iglesia, la latinoamericana.
LA CRISIS DEL CRISTIANISMO EUROPEO
Jean Delumeau, profesor del Colegio de Francia, se preguntaba en 1977 si el cristianismo iba a desaparecer de Europa. Hoy vuelve a la carga, no ahorrándose adjetivos ni datos. Recuerda que en Europa se vive un clima de “agnosticismo intelectual, amnesia cultural, afasia religiosa” (1). Aumentan los que declaran no tener religión. Un laicismo beligerante se expresa en medios intelectuales y de comunicación. Se hunden las prácticas religiosas expresadas en la asistencia al culto dominical, bautizos y matrimonios. Las encuestas de opinión muestran un cristiano medio que toma enorme distancia de la moral predicada desde el púlpito. La caída sistemática de las vocaciones sacerdotales es otro doloroso síntoma de esta crisis.
La crisis viene del mundo moderno y posmoderno que cuestiona a la Iglesia católica, apostólica y romana. El propio Benedicto XVI escribe que “al comienzo del tercer milenio, y precisamente en el ámbito de su expansión original, Europa, el cristianismo se encuentra inmerso en una profunda crisis…” (2). Para quien fuera prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, la crisis surge porque una parte no despreciable de la ciencia, la filosofía y la exégesis crítica contemporáneas ponen en duda las pretensiones de verdad de la religión cristiana. Muchos científicos buscan en el azar y en la necesidad el origen del universo y del ser humano, desechando por innecesaria la “hipótesis Dios”. La filosofía occidental sostiene que ninguna prueba de la existencia de Dios ha logrado superar la crítica ilustrada. Ningún filósofo ha explicado aceptablemente la presencia del mal en este mundo, creado por un ser infinitamente bueno y todopoderoso, y que guarda silencio ante la matanza y dolor injusto de los inocentes; particularmente de “los niños, los niños”, como exclamaba Dostoievski. La exégesis crítica conmueve las creencias ingenuas del pasado respecto de Jesús, no de su existencia, pero sí de su infancia, milagros, resurrección y de su relación con la Iglesia primitiva. Es la razón del hombre la que cuestiona el silencio de Dios y las creencias de la Iglesia.
CAUSAS INTERNAS Y PAPEL DEL CONCILIO VATICANO II
La crisis también viene desde dentro de la propia Iglesia católica. Para algunos, el período posterior al Concilio Vaticano II ha creado confusión, desmoralización y deserciones. ¿La causa? Una suerte de rendición del catolicismo perenne ante el mundo y la modernidad. Abandonos masivos de religiosos que no supieron distinguir entre ser monjas y sacerdotes consagrados, radicales servidores de la paz y la justicia, o laicos comprometidos con este mundo; confusión doctrinaria y teológica en aspectos centrales de la interpretación del dogma católico y de las sagradas escrituras; aceptación resignada de una movilización contradictoria y rebelde de los laicos, más preocupados de su libertad que de la verdad; desaparición de las fronteras con las iglesias protestantes y las religiones no cristianas, desembocando en un sincretismo religioso posmoderno y, finalmente, aceptación resignada de la secularización del mundo contemporáneo emancipado de su Creador.
La Iglesia habría renunciando a proclamar su verdad, aceptando ser una más de las ofertas de sentido que se venden en la hamburguesería posmoderna del misterio religioso (3).
Para otros, el problema es exactamente el contrario. Es la lentitud en el cumplimiento del Concilio Vaticano II o su inobservancia, lo que agudiza la crisis descrita. Estos otros preguntan: ¿alguien cree que serían cartas de triunfo para la iglesia europea sacerdotes de negro, de espaldas a la asamblea de laicos, hablando en latín, condenando la modernidad y usando el poder secular para impedir los avances de la secularización? “Ni posible ni deseable”, responden. Por el contrario, es la aplicación de verdad del giro iniciado por el papa Juan XXIII, el que revivirá el cristianismo central. Hay que dejar atrás el anterior “giro”, el del año 312, cuando el emperador romano Constantino comenzó a cambiar la Iglesia de Jesús en pro de estado pontificio, teología gobernante y religión triunfante. Fue pilar fundamental de Occidente, pero hay que superarlo pues en sus peores momentos significó que la gracia pareció anular a la naturaleza, la fe se sintió superior a la razón y el papado se quiso más grande que el imperio. El Concilio Vaticano II nos invita a dar el paso liberador de la Jerarquía al pueblo de Dios; de la Iglesia como institución vertical a la Iglesia como comunión (koinonia, communio); de la dominación desde el Estado al servicio desde la comunidad (diakonia, servitium); de la división escandalosa de los cristianos al ecumenismo con los hermanos separados; de las misiones colonialistas al fecundo diálogo interreligioso a favor de la paz y la justicia en el mundo, y de la Iglesia eurocéntrica a una Iglesia verdaderamente católica en cuanto universal, es decir, a la del tercer milenio, mayoritariamente latinoamericana, africana y asiática.
DIEZ NUEVOS MANDAMIENTOS EN RESPUESTA A LA CRISIS
¿Qué decir, como laicos, sin incurrir en la imprudencia de contrariar a la teología y a sus bellas hijas: la cristología y la eclesiología? Pues siendo ciudadanos plenos del pueblo de Dios, podemos usar nuestro real saber y entender, ilustrado y crítico, por precario que sea. Trocar entonces la prudencia mal entendida por la fortaleza que se requiere en tiempos de crisis. Sabemos desde Dante Alighieri que quienes se declaran imparciales en tiempos de crisis moral tienen reservado un lugar en el infierno. Y vivimos una crisis de sentido y de razón de existir de esta institución dos veces milenaria que es nuestra comunidad católica. Debemos abrir puertas y ventanas de la iglesia, dejando que entre viento fresco del mundo, que aporta conocimientos que iluminen un ambiente a ratos oscurecido y enrarecido.
No es raro que pocos crean sinceramente en nuestras verdades. Los primeros cristianos nos legaron una fe que era escándalo para judíos y locura par griegos: un único Dios que entra en la historia liberando a su pueblo; Dios que tuvo un hijo llamado Jesús que se hizo Mesías; Cristo que murió crucificado por amor al mundo y resucitó al tercer día; un resucitado que formó una comunidad de servicio llamada a liberar presos, emancipar pobres, traer vida en abundancia y anunciar la buena nueva de la llegada de un Reino de los Cielos que se iniciará con el retorno del Mesías; Reino sin fin donde los muertos resucitarán en carne y hueso, en el que no habrá dolor, mal, enfermedad ni muerte. Cuando se vuelven a traer a la razón escrita las verdades cristianas, muy duras de oír para hombres y mujeres de la Antigüedad y la Edad Media, no nos puede extrañar que sean pocos los creyentes sinceros (4). Por ello Jean Delumeau sostiene que antes, en los tiempos de la cristiandad, Dios no estuvo tan cerca de nosotros como creen los nostálgicos; ni ahora, en la modernidad nacida de las revoluciones del siglo XVIII, está tan lejos como creen los pesimistas. Pero ahora se trata nada menos que de hacer presente estas verdades en un contexto secularizado, pluralista, científico y tecnológico.
La crisis institucional supone volver a la politología que nos enseña que las instituciones, para ser poderosas y sobrevivir al paso de los siglos, deben poseer órganos y procedimientos estables en el tiempo, regulados sabiamente por normas y legítimos para quienes son regidos por ellos, sabiendo adaptarse a los cambios. Sus integrantes son, además, acogidos con afecto y reciben beneficios a cambio de su entrega a una causa común. Causa común que es función social que es valorada positivamente por la comunidad. Esta debe considerar que la existencia de esa institución es valiosa y necesaria, no solamente para ella, sino que para todos (5).
La crisis de sentido invita a asumir el cambio de paradigma teológico inaugurado en el Vaticano II: la asunción de “los signos de los tiempos”. Esa nueva teología invita a leer, reflexionar y comprender “la historia en la cual Dios aún se revela en Cristo a través del Espíritu” (6).
Siguiendo ese predicamento, y mirando la Iglesia global y no sólo la continental, parece fecunda la propuesta de un capuchino suizo y experto en misiones: Walbert Bühlmann. Él pide que tener “ojos para ver” y acoger el llamado a saber otear “los signos de los tiempos” (7).
Se trata de tomar entre nuestras manos la tarea de poner al día —aggiornamento— los diez mandamientos de la comunidad primitiva. Bühlmann nos propone diez nuevos mandamientos. No se trata ya de prohibiciones individuales, sino que de propuestas hechas a toda la comunidad. Respecto de los problemas de la Iglesia, nos propone los tres primeros mandamientos: 1) dejaréis que prevalezca la sana razón del hombre: la autonomía de las ciencias; 2) os tomaréis en serio como pueblo de Dios: los seglares en la Iglesia; y 3) tenderéis la mano a vuestros hermanos en Cristo: ecumenismo.
Luego, cuando analiza los problemas continentales, nos llama a cada una de las distintas naciones católicas, que han renunciado a ser Estados católicos, a asumir los cuatros siguientes mandatos: 4) os pondréis del lado de los pobres: justicia (Latinoamérica); 5) admiraréis la amplitud del creador: inculturación (África); 6) reconoceréis el “¡Aquí estoy!” de todos los pueblos: diálogo con las religiones (Asia); y 7) acompañaréis a los nómadas religiosos: secularización (Euroamérica).
Finalmente, la humanidad tiene problemas que obligan a que católicos, creyentes y no creyentes trabajen juntos en torno a los tres últimos mandamientos: 8) reforzaréis las filas de los pacificadores: Justicia et pax; 9) desarrollaréis la tierra hasta hacerla un paraíso: ecología y escatología, y 10) saldréis al encuentro del Dios de la historia: mística y política (8).
OPCIÓN POR LOS POBRES Y NUEVA SOCIEDAD
Si cumpliésemos esos mandamientos, no estaríamos inventando nada nuevo, sólo volviendo a tomarnos en serio nuestra fe. Así comenzaría a surgir una Iglesia que es “signo y promesa de salvación para todos los hombres” y “constituye en la tierra el germen y el principio del reino de Dios” (Lumen gentium 5, 2). Una comunidad en que se practica la igualdad, pues “ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Nación de servidores, pues “si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Ecumenismo que se abre a sus hermanos separados, ya que “en esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que tenéis amor unos con otros” (Jn 13, 34). Iglesia que dialoga con las demás religiones, pues todos tienen la potestad de “llegar a ser hijos de Dios” (Jn 10, 34; 1, 2).
Bühlmann plantea los desafíos globales de la Iglesia. Pero para el cristiano latinoamericano la tarea religiosa fundamental debe seguir siendo comprender ese hecho mayor que es la irrupción de los pobres en la historia de nuestro Continente (9). ¿Cómo anunciar a Dios en medio de la pobreza de decenas y decenas de millones de personas que sufren una muerte prematura e injusta? Otro “gallo cantaría” si la Iglesia fuese la de Bartolomé de las Casas o la de Óscar Arnulfo Romero, quienes se tomaron en serio el Magníficat de María, dispersando a soberbios de corazón, derribando a poderosos de sus tronos, elevando a los humildes, colmando de bienes a los hambrientos y despidiendo a los ricos con las manos vacías (Lucas 1, vs. 39 y ss.). Esa es la forma de asumir nuestra propia y contradictoria modernidad (10).
Crisis de la iglesia, como siempre. Por ello, nada de lamentarse y a ponerse a trabajar. Nada de andar discutiendo lo que debe ser el laico, sino que demostrar lo que es. Volver a leer a Juan XXIII cuando escribía “no perder tiempo pronosticando el futuro, nada de preocuparse por construir ese futuro. El representante de Cristo sabe lo que Cristo espera de él: que cumpla su tarea de cada día. No tengo que presentarme ante él para darle consejos o para sugerirle planes. De mí, únicamente se espera la buena disposición para las sorpresas del Señor” (11). Así partió el giro iniciado en el Concilio Vaticano II.
(1) Delumeau, Jean, El cristianismo del futuro. Mensajero, Bilbao, España, 2006, p. 15.
(2) Ratzinger, Joseph, “La pretensión de verdad puesta en duda”, en: Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI) y Flores d´Arcais, Paolo: ¿Dios existe?. Santiago de Chile, Planeta, 2009, p. 11.
(3) Cosa que crítica también un ateo. Ver: Flores d´Arcais, Paolo, “Ateísmo y verdad”, en Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI) y Flores d´Arcais, Paolo: ¿Dios existe?, op. cit., pp. 111-113. El teólogo Carlos Casale propone como tarea de la teología de hoy no rendirse ante un racionalismo extremo que sólo da por justificado lo que la evidencia empírica demuestra ni la irracionalidad de formas posmodernas de conocimiento: la teología de los límites. Casale, Carlos, “La teología en tiempos de fragmentación de las ciencias”, en Costadoat, Jorge, Los signos de los tiempos en la teología de la liberación. También, Berríos, Fernando, Costadoat, Jorge y García, Diego (editores): Signos de estos tiempos, Centro Teológico Manuel Larraín, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2008, 249 pp.
(4) Un hermoso libro, escrito aplicando los conocimientos de la sociología contemporánea, ilumina lo sorprendente que es el crecimiento del cristianismo antes del “giro constantiniano”. El autor especula, sin recurrir a la razón de la fe y la acción de los milagros, sobre cómo mil seguidores de Jesús, que en el año cuarenta representaban el 0,0017% de la población, se transformaron, en el 300 en 6.299.832; 10,5% de la población. Ver: Stark, Rodney: El auge del cristianismo, Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile. (5) Goodin, Robert y Klingemann, Hans-Dieter; “Ciencia política: la disciplina”, en Goodin, Robert y Klingemann, Hans-Dieter (editores). Nuevo manual de Ciencia Política, Ed. Istmo, Madrid, España, 2001.
(6) Costadoat, Jorge, “Los signos de los tiempos en la teología de la liberación”, en Berríos, Fernando, Costadoat, Jorge y García, Diego (editores), Signos de los tiempos; Op. cit., p. 132.
(7) Bühlmann, Walbert, Ojos para ver. Los cristianos ante el tercer milenio. Herder, Barcelona, España, 1990.
(8) Ibidem, pp. 42-43.
(9) Costadoat, Jorge, “Los signos de los tiempos en la teología de la liberación”, en Berríos, Fernando, Costadoat, Jorge y García, Diego (editores). Signos de estos tiempos, op. cit., pp. 43 y ss.
(10) Silva, Eduardo, “Catolicismo moderno y modernidad católica”, en Yáñez, Samuel y García, Diego (editores), El porvenir de los católicos latinoamericanos. Centro Teológico Manuel Larraín, Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2006, p. 211.
(11) Bühlmann, Walbert, Ojos para ver, op. cit., p. 223.
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Sergio Micco. Abogado, magíster en Ciencia Política y doctor en Filosofía. Artículo publicado en revista Mensaje de Santiago de Chile.
La primera (distorsión) es la tendencia a considerar como ley natural y divina lo que en realidad son normas eclesiásticas. La segunda distorsión, consecuencia de la anterior, es la no aceptación de una ética laica, válida para todos los ciudadanos y ciudadanas. La tercera (…) una lectura fundamentalista de los textos bíblicos relativos a la homosexualidad.
Estas son algunas de las afirmaciones que hacia en enero del 2006 JUAN JOSÉ TAMAYO, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Nuevo Diccionario de Teología
(Trotta, Madrid, 2005)
ECLESALIA, 18/01/06.- La relación entre homosexualidad y cristianismo es un tema complejo, sobre el que no se suele hablar con serenidad y equilibrio. Se opera con estereotipos, prejuicios y concepciones míticas, debido a una educación religiosa y cívica caracterizada por la homofobia. Faltan objetividad, rigor y respeto en el tratamiento sobre el tema. La tendencia es a la descalificación. Antes de informarse, la gente opina y no precisamente para comprender sino para condenar.
La Iglesia católica es una de las organizaciones internacionales que más veces se ha pronunciado públicamente sobre la homosexualidad, y siempre con tonos negativos y condenatorios. Otros organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, el Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, etc., se han mostrado más comprensivos, tolerantes y abiertos.
El primer dato a tener en cuenta en esta materia es el amplio pluralismo que existe entre los colectivos de cristianos y cristianas (aquí me circunscribiré a los católicos). Por una parte están las posiciones de la jerarquía católica en bloque, sin fisuras, al menos externas, y de algunas organizaciones católicas que consideran éticamente desordenada la mera inclinación de la persona homosexual; califican la práctica homosexual de inmoral y abominable; acusan a los gays y lesbianas de personas depravadas, virus para la sociedad y moralmente malos; comparan a los matrimonios homosexuales con la acuñación de moneda falsa y les aplican valoraciones como éstas: corrupción y falsificación legal de la institución matrimonial, retroceso en el camino de la civilización, lesión grave de los derechos fundamentales del matrimonio y de la familia, atentado contra la armonía de la creación, quiebra de la estabilidad social en su entraña más profunda y desfiguración de la imagen del hombre y de la familia. A su vez, expresan su dolor por los perjuicios causados a los niños entregados en adopción a esos “falsos matrimonios”.
De otra parte están los planteamientos de numerosos colectivos de teólogos, teólogas, grupos de base, lesbianas y gays cristianos, que disienten de la jerarquía y la acusan de beligerante y totalitaria. Estos colectivos defienden un modelo de convivencia caracterizado por el respeto y la libertad, justifican la homosexualidad como una forma legítima de ejercer la sexualidad, reclaman el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio tanto civil como religioso, ya que son unidades de convivencia y afecto en igualdad de condiciones que las personas heterosexuales, y a la adopción.
Los puntos de acuerdo entre la jerarquía y los colectivos citados son mínimos, por no decir
nulos. La fractura no puede ser mayor. Intentando objetivar el tema, creo que el problema
de fondo radica en una serie de distorsiones que paso a explicitar.
1. La primera es la tendencia a considerar como ley natural y divina lo que en realidad son normas eclesiásticas. Es la estrategia de los obispos y de sus asesores -entre los que se contaba hasta su fallecimiento el banquero Rafael Termes-, para imponer a toda la ciudadanía una concepción del matrimonio y la sexualidad que pertenece a la doctrina moral de la Iglesia católica de una determinada época histórica hoy en revisión.
La jerarquía pretende poner límites a los legisladores en el ejercicio de su función, acusándolos, en el caso de la ley que regula el matrimonio homosexual, de ir contra la ley natural, de negar de manera flagrante datos antropológicos fundamentales y de llevar a cabo una auténtica subversión de los principios morales más básicos del orden social. Lo que subyace a este planteamiento es la resistencia a reconocer el Estado no confesional y a aceptar el pluralismo ideológico, religioso y moral de la sociedad española. Parapetarse en la ley natural para impedir a los legisladores cumplir con su función de debatir y aprobar las leyes en sede parlamentaria constituye una crasa negación del poder legislativo, que es uno de los poderes del Estado moderno. Además, el propio concepto de ley natural está hoy puesto en cuestión y es de dudosa validez en el terreno jurídico, pero también en el filosófico, y no digamos en el teologico.
2. La segunda distorsión, consecuencia de la anterior, es la no aceptación de una ética
laica, válida para todos los ciudadanos y ciudadanas, independientemente de sus creencias
e ideologías. El proceso de secularización ha establecido una justificada separación entre
la esfera religiosa y la cívica, que los obispos harían bien en respetar y, a partir de ahí,
colaborar en la búsqueda consensuada de unos mínimos de ética laica compartidos por
todos los ciudadanos y ciudadanas, dentro del respeto a las normas morales de las distintas
tradiciones religiosas.
3. La tercera es interna al propio catolicismo y me parece fundamental desde el punto de vista teológico. Consiste en una lectura fundamentalista de los textos bíblicos relativos a la homosexualidad. Voy a poner un par de ejemplos. El primero es el de Sodoma y Gomorra (Gn 19,1-11). Según la interpretación tradicional, el pecado de los habitantes de esas dos ciudades fue mantener relaciones homosexuales. Sin embargo, según la interpretación que hoy parece más correcta, lo que se condena no es la homosexualidad en sí, sino la dureza de corazón de los sodomitas, la violación de hombre con hombre, que implica una humillación, la ofensa a los extranjeros a quienes Lot había acogido en su casa ejerciendo la virtud de la hospitalidad. La teóloga norteamericana Alice Winter demuestra que el pecado de estas dos ciudades se concreta en un sistema de injusticia y opresión defendido por una pequeña elite para asegurarse una vida en abundancia y ociosidad a costa de los pobres. En definitiva es la falta de hospitalidad para con los extranjeros lo que se condena.
El segundo ejemplo son las prescripciones del Levítico. En un texto de este libro (18,22) se califica la homosexualidad masculina como abominable. En otro (20,13) se dice que si un varón se acuesta con otro varón, ambos cometen una abominación y deben morir.
Los dos textos deben ser leídos en su contexto. En la legislación hebrea se ordena pena de muerte para quienes maldicen a sus padres, para los adúlteros, los incestuosos y los pecados de animalismo. Se considera igualmente abominable mantener relaciones sexuales con una mujer durante la menstruación. Por el contrario, se permite vender a la hija como esclava, poseer esclavos, tanto varones como hembras, siempre que se adquieran en naciones vecinas. Se establece la pena de muerte para quien transgrede el precepto del descanso sabático y osa trabajar el séptimo día. Se prohíbe acceder al altar a toda persona con algún defecto corporal. ¿Hay que interpretar estos textos en su sentido literal? Decididamente, no. Lo que estas prohibiciones quieren poner de relieve es el carácter peculiar del pueblo hebreo como pueblo de Dios, que se distingue del resto de los pueblos. La condena de la homosexualidad así como otras prácticas no se basa en razones sexuales sino en razones religiosas. El problema no se plantea en el terreno moral, sino en el de la identidad étnica y el de la pureza.
Yo creo que el conflicto o la incompatibilidad entre cristianismo y homosexualidad carecen de base tanto antropológica como teológica. Coincido con el teólogo holandés Edward Schillebeeckx en que no existe una ética cristiana respecto a la homosexualidad.
Se trata de una realidad humana que debe asumirse como tal sin apelar a valoraciones morales excluyentes. A mi juicio, no existen criterios específicamente cristianos para juzgarla. La incompatibilidad en el cristianismo no se da entre ser cristiano y ser homosexual, sino entre ser cristiano y ser insolidario, entre ser cristiano y ser homófono, o, como dice el evangelio, entre servir a Dios y al dinero.
La teología del matrimonio con la que operan de manera generalizada no pocas iglesias cristianas se elaboró en una cultura, una sociedad y una religión homófobas y patriarcales, que imponían la sumisión de la mujer el varón y la exclusión de los homosexuales de la experiencia del amor. Hoy se necesita reformular dicha teología, para que sea inclusiva de las distintas tendencias sexuales que deben vivirse desde la libertad, el respeto a la alteridad, dentro de unas relaciones igualitarias y no opresivas. Los teólogos y las teólogas tenemos aquí un papel importante que jugar, pero sin dogmatizar, sino desde la apertura a las nuevas investigaciones científicas en esta materia y desde la sensibilidad hacia los nuevos modelos de pareja, pero sin anatematizar a priori ni moralizar. Antes de juzgar, y en algunos casos de condenar, haríamos bien en salir del analfabetismo enciclopédico en que con frecuencia estamos instalados los cultivadores de la teología. Primero estudiar, informarse. Seguro que el juicio entonces estará más razonado y será más comprensivo y tolerante. El dogmatismo nunca ha sido buen acompañante de la reflexión y menos aún de los juicios morales. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
18/01/2006 19:05. Autor: ecleSALia.net
Pronunciamiento de la Coordinación de los Seminarios de Formación
Teológica, ante la sanción aplicada al padre Nicolás Alessio y el
tratamiento de la Ley del Matrimonio Igualitario.
16 DE JULIO DE 2010
Los miembros de la Coordinación Nacional de los Seminarios de Formación Teológica expresamos nuestra profunda indignación por la sanción y las amenazas infringidas al Padre Nicolás Alessio, hermano y compañero nuestro, y miembro desde hace 25 años de este espacio cristiano y ecuménico, más cuando esta sanción es sobre "materia opinable" y no sobre algún dogma de la Iglesia.
Asimismo nos indigna el silencio y las complicidades históricas de cierto sector de la jerarquía de la Iglesia con el terrorismo de Estado, con los poderes económicos, con los opresores de los pobres, con las mentiras y los miedos sociales y sexuales, que muchas veces ocasionan enfermedades como el HIV. Nos indigna la liviandad con que este mismo sector se pronuncia frente a la pobreza que destruye a las familias comparada con la forma taxativa de sancionar a un hermano por expresar su pensamiento y su sentimiento. Nos indigna, en fin, la pretensión totalitaria de una institución que prefiere el silencio o el ocultamiento de sus propios pecados como la pedofilia, pretendiéndose dueña de la verdad, mientras que tira la primera piedra a quienes se permiten manifestarse desde sus genuinos sentimientos de amor al prójimo.
Creemos que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y no un objeto que deba ser regulado y disciplinado sobre la base del miedo que promueven algunas autoridades eclesiásticas, creyéndose por sobre las leyes que rigen la vida social. El prejuzgamiento y la sanción del Padre Alessio sin juicio previo, más que el acto del exacerbado Obispo Ñáñez, es una flagrante violación de los preceptos básicos de nuestra Constitución Nacional.
No admitimos en esta Coordinación de los SFT ningún fundamentalismo y mucho menos el que se manifiesta en nombre de Jesucristo, quien es la ternura, la misericordia, el amor de DIOS CON NOSOTROS.
No admitimos en esta Coordinación de los SFT el lenguaje de guerra, más propio del Medioevo y las Cruzadas, o del pensamiento imperialista de la nueva derecha, que de la comunidad de los cristianos. Demasiado se parece el discurso de algunas autoridades de la Iglesia al discurso que opone el bien y el mal basado en el etnocentrismo o en las pretensiones de dominio planetario de la vida, que se deriva luego en la justificación para eliminar al otro, a otros pueblos, a diversas razas, diversas sexualidades, a otras formas de vivir la cultura y la religión, porque se los considera la causa del mal.
Expresamos nuestro apoyo a las opiniones vertidas oportunamente por el Padre Alessio. Las amenazas de excomunión al Padre Nicolás no hacen más que sembrar el terrorismo del pensamiento único y del dogmatismo. La ignorancia, el autoritarismo, el miedo, el oscurantismo que algunas autoridades eclesiásticas exhiben, y que se condicen con una concepción cerrada y purista de una supuesta "comunidad" católica, no hacen más que obturar el diálogo entre la Iglesia y el mundo y crear de hecho una situación de exclusión sobre la base del fundamentalismo. No hacen más que dar la espalda, ignorar y menospreciar los cambios culturales y la existencia de diversas identidades. No hacen más que menospreciar la riqueza que tienen las diferentes identidades étnicas, raciales, de géneros, sexuales, generacionales, etc., que deberían expresarse en climas de reconocimiento, de igualdad y de justicia social.
Creemos, antes que nada, en el mandamiento del Amor, en las formas en que este acontezca y se manifieste. Necesitamos una sociedad basada en el amor y en la no discriminación. Creemos en la posibilidad del reconocimiento mutuo, en la posibilidad de construir una sociedad donde prevalezca el sentido de pertenencia, y no más la exclusión por los motivos que fuere.
Nunca más una sociedad basada en lenguajes de guerra. Nunca más una sociedad del miedo o basada en el terror al otro. Nunca más una sociedad cuyas "verdades" se basaran en el desconocimiento y la ignorancia. Nunca más una sociedad que admita el cercenamiento de la libertad.
Después de lo acontecido la madrugada del 15 de julio de 2010, donde los representantes del Pueblo reunidos en el Congreso de la Nación sancionaron como Ley el Matrimonio Igualitario, decimos con Eduardo Galeano:
"Pero ellos y ellas, los raros, los despreciados, están generando, ahora, algunas de las mejores noticias que nuestro tiempo transmite a la historia. Armados con la bandera del arcoiris, símbolo de la diversidad humana, ellas y ellos están volteando una de las más siniestras herencias del pasado. Los muros de la intolerancia siguen cayendo".
Matrimonio igualitario
Dos grupos de la Iglesia de Quilmes se manifiestan en disidencia con la opinión que la mayoría de los obispos vienen proclamando respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo. Uno de ellos denuncia la falta de consulta al laicado y las presiones para forzar la asistencia a la movilización pública planeada en oposición a la ley de matrimonio igualitario. Se reproduce también una nota del diario Clarín en la que el cura Nicolás Alessio, al parecer vocero de alrededor de 60 sacerdotes, se manifiesta en forma similar a los grupos quilmeños.
CON LOS QUE SUFREN
Posición de algunos cristianos respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo.
Los cristianos y cristianas que abajo firmamos, reafirmando nuestra opción por el ser humano, a imagen de las opciones de Jesús, e implorando que se hagan carne sus opciones en nuestra querida Iglesia y podamos abrazar como madre y como padre a los hrmanos y hermanas nuestros que hoy sufren por su condición sexual.
Convencidos de que a veces el silencio es prudente, pero que en otros tiempos puede significar complicidad e infligir sufrimientos incompatibles con las opciones cristianas que hemos realizado. Elevamos nuestra voz, esperando que uniéndose a otras, permita que se escuche otra voz en la Iglesia de Jesús, que es familia de todos y todas y no sólo de los pastores o de la jerarquía eclesiástica.
Haciendo ejercicio de la libertad, autonomía y conciencia para ser parte del coro de voces que defiende la dignidad humana, antes que cualquier situación especial y siendo testigos de la Encarnación que da cuenta del infinito y tierno amor de Dios, que nos eligió para ser uno de nosotros y que por ello desde entonces nadie puede arrogarse ninguna autoridad sobre quién es digno de justicia y de derecho.
Afirmando que, si el Reino no es inclusivo y a la mesa no nos podemos sentar todos y todas, entonces, no es el Reino del Padre ni la mesa de Jesús.
Sin intentar dar lecciones de teología, pero haciendo opciones concretas por gritar en el desierto lo sagrado de la vida humana y la riqueza de su diversidad, así como la defensa de los derechos de cada uno y de cada una de vivir su identidad,
Y eligiendo estar al lado de los sufren injusticias, elevamos nuestras voces diciendo:
Que expresamos nuestro más enérgico rechazo a las expresiones que han asociado y descripto el debate por los proyectos de ley, respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo, como una guerra entre quienes apoyan dichos proyectos y quienes los rechazan. Semejante asociación empobrece el debate, disminuye la deliberación, aumenta la confrontación irracional y otorga excusas para las acciones violentas y el continuo hostigamiento, sufrimiento y discriminación al que se encuentran sometidas las personas homosexuales por esa exclusiva condición.
Y que ante la reiteración de ciertos argumentos, utilizados para rechazar la propuesta de ley que permitiría el matrimonio entre personas del mismo sexo, deseamos hacer algunas importantes aclaraciones para que cada cristiano pueda decidir informadamente que postura adoptar sin caer en prácticas ni justificaciones homofóbicas.
Reiteradamente, expresa o implícitamente, se presenta a la homosexualidad como una desviación de la naturaleza, o como una enfermedad. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud no tiene catalogada a la homosexualidad como una enfermedad, a la vez que no existen argumentos científicamente plausibles al día de hoy que permitan sostener lo contrario.
También insistentemente, se ha afirmado que no permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, no significa discriminar, porque se están distinguiendo realidades distintas y que esa distinción entonces no implica discriminación alguna. Ante ello es necesario recordar cual es el contenido del derecho a la igualdad y la no discriminación y examinar si los argumentos utilizados son compatibles con dicho contenido.
Según la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el derecho a la Igualdad y no discriminación implica la imposibilidad de hacer distinciones, aún ante la presencia de evidentes diferencias, si es que esas distinciones carecen de justificaciones objetivas y razonables. Son por ejemplo evidentes las diferencias físicas entre un hombre y una mujer, pero por el sólo hecho de apelar a dichas diferencias no se podría justificar objetiva y razonablemente el vedarle por ejemplo a la mujer el derecho a votar, aunque lamentablemente hasta no hace mucho tiempo esto se realizaba.
La distinción, para no constituir una discriminación, debe poseer una justificación objetiva y razonable. Ahora bien, en los argumentos en contra del matrimonio homosexual se afirma que resulta razonable dicha prohibición porque permitir lo contrario vulnera y perjudica al matrimonio entre hombre y mujer, y pone en igualdad dos uniones que no se asemejan. Ante dichas afirmaciones hay que examinar si resulta verdaderamente razonable o no la prohibición, en razón de la defensa del matrimonio heterosexual. Ante lo que surge la pregunta, ¿cuál es el mecanismo real por el que se perjudica al matrimonio heterosexual, si se permitiera el matrimonio igualitario? ¿Cuál es el perjuicio por igualar estas dos realidades? Es relevante la pregunta, ya que no nos encontramos frente a derechos que se contraponen y por ende hay que explicar la afectación, no alcanza con decir que existe sin demostrar realmente el perjuicio que causaría, porque al no encontrarse un verdadero perjuicio demostrable y objetivo, esas expresiones constituyen fundamentos para la discriminación.
Debe quedar claro que el matrimonio heterosexual no se deroga, no se le quita ningún derecho, no se le impone ningún otro requisito que lo dificulte, por las dudas aclaramos que el matrimonio como sacramento no está en discusión ni se ve afectado, estamos hablando del matrimonio civil, aquél que deciden contraer personas de otras religiones y personas que no profesan ninguna religión. Por lo que no existiría afectación real alguna, para que a partir de la sanción de una nueva ley como la discutida, un hombre y una mujer con convicciones y/o prácticas religiosas o no, puedan contraer matrimonio. Ante ello resulta clara la falta de razonabilidad de la distinción que se pretende, y una distinción carente de justificación objetiva y razonable constituye una discriminación, discriminación que no puede ser tolerada, ni sostenida, ni desde la Iglesia, ni desde ninguna concepción y resulta contraria a los principios constitucionales y a los tratados internacionales sobre derechos humanos que rigen la materia y de los que nuestro Estado es parte.
Por ello es que los que abajo firmamos, pedimos que se deje de aplastar la dignidad de nuestros hermanos homosexuales, dejemos de infligirles sufrimientos, enjuaguemos sus lágrimas y escuchemos su voz, su voz que reclama el fin de la discriminación el fin de la homofobia y el reconocimiento de los derechos que ya nadie puede negarles.
Para agregar tu firma enviá un mail a conlosquesufren@gmail.com o sumate en Facebook http://www.facebook.com/pages/Con-los-que-sufren/138065099544935
FIRMAS:
Ab. Gabriel F. Bicinskas, miembro del Departamento de Justicia y Paz, Diócesis de Quilmes.
Prof. Gladys Alcaráz, miembro del Departamento de Justicia y Paz, Diócesis de Quilmes.
Lic. Claudio Spícola, miembro del Departamento de Justicia y Paz, Diócesis de Quilmes.
Lic. Patricia Fernández Schellemberg, Coordinadora Dpto. de Laicos, Diócesis de Quilmes
Natalia Estela Bettoni, Integrante del Dpto. Pastoral Social, Diócesis de Quilmes.
Cristian Rodríguez, Integrante del Dpto. de Laicos, Diócesis de Quilmes
Prof. Liliana Patricia Giammarino, Derechos Humanos, Municipalidad de Florencio Varela
Prof. Guillermo D. Ñáñez, Director de Derechos Humanos, Municipalidad de Florencio Varela
L.A. María Cristina Grieco.
C.P. Elizabeth G. Blanco.
Ing. Luis Ignacio Grieco.
Y continúan las firmas.
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Manifiesto Final Laicos por la Diversidad
“Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie…,
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda”.
(Oración por la Patria)
Domingo 11 Julio de 2010
Un grupo de laicos y laicas de la Iglesia Diocesana de Quilmes decidimos hacer pública nuestra reflexión, animados por el relato que compartimos hoy en nuestra celebración litúrgica: “la parábola del buen samaritano” (Lucas 10, 25-37).
El Evangelio nos habla de “prójimo”, de “aproximarnos”, de “hacer visibles a los invisibles”, ¿cómo no conmovernos y hacernos cargo, en nuestra patria, de muchas y muchos que están mal heridos al costado del camino?
En estos días, ante el tratamiento de la Ley de matrimonio de personas del mismo sexo (“ley de la Igualdad”), nos vimos atravesados por un enorme caudal de información. Recibimos animosas exhortaciones para asistir a la marcha del próximo martes 13 de julio en la plaza de los dos Congresos bajo el lema: “Los chicos tenemos derecho a mamá y papá – Matrimonio entre varón y mujer”. El objetivo: que la comunidad católica del país se movilice en contra de la aprobación de la mencionada ley.
Quienes suscribimos este texto somos también laicos, católicos y ciudadanos. Somos personas comprometidas en los ámbitos de la militancia eclesial, social y política. Personas capaces de análisis, de madurar nuestra fe y nuestra conciencia. No estamos dispuestos a actuar con “anteojeras”, ni a responder a operaciones “coercitivas” o “corporativistas”, como las que hemos experimentado durante este último tiempo.
No estamos de acuerdo con esta propuesta, con esta movilización.
Hacemos un fraterno llamado a los laicos de todo el país a reflexionar y a repensar esta convocatoria.
Estas son las razones que invocamos para no asistir el martes 13 a la Plaza de los dos Congresos:
• Es una marcha que no expresa el sentir de una Iglesia “en comunión”. Iglesia somos todos y, como laicos, no hemos sido consultados sobre esta propuesta. Nuestros pastores (e incluso los dirigentes del Departamento de Laicos de la CEA) no nos han consultado al respecto. Sólo nos llegaron correos con decisiones tomadas, rígidas, inflexibles.
• Pensamos que los modos con que se ha convocado a la marcha tienen rasgos de fanatismo, expresiones de intolerancia, tintes conspirativos. Personas y organizaciones homosexuales se han sentido discriminados por la Iglesia. Conocemos situaciones de docentes, alumnos y familias en colegios, institutos y universidades católicas, intimadas a acudir y adherir a la marcha. Pastores que han intentado direccionar las decisiones de los fieles para lograr su participación en esta movilización. Palabras hirientes, discriminatorias, arbitrarias, y hasta absurdas, hacia hermanas y hermanos homosexuales.
• La tergiversación de los mensajes y la utilización de la voz e imagen de niños clamando por “una madre y un padre”, intentando instalar en la opinión pública la idea de que “la familia y su supervivencia están en serio peligro”. Llegando a incitarnos a ser parte de “la guerra de Dios”.
Finalmente, nos hacemos eco de la reflexión de un grupo de sacerdotes de nuestra diócesis. Ellos nos animaron a repreguntarnos algunas cosas:
1) “¿Se puede seguir afirmando que la homosexualidad es una “enfermedad”, y desde una comprensión prejuiciosa de la misma, condenar tal identidad y sus eventuales derechos civiles?”
2) ¿No será necesario revisar el concepto burgués de “familia”, defendido detrás de slogans discriminatorios a la condición homosexual? ¿No han generado los pretendidos “sanos” matrimonios heterosexuales (“sanos” por el mero hecho de ser “hetero”) situaciones disfuncionales, abandono de hijos, abusos y violaciones a la vida?
3) ¿Por qué tantos y tantas “cruzados/as” católicos/as que levantan sus voces y se movilizan no lo hacen para combatir la pobreza, la injusticia, la desocupación, la falta de salud, de vivienda digna, cosas que ciertamente “atentan contra la familia”?
No nos sentimos dueños de la verdad. Todo lo contrario, nos reconocemos buscadores de claves y luces para construirla, para redescubrirla.
Sólo invitamos a repensar y a discutir estos temas.
Nos animamos a seguir soñando con el Reino de Jesús.
“Al final del camino me dirán: -¿has vivido? ¿has amado?
Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres”
Don Pedro Casaldáliga
Para adherir a este manifiesto, envíanos tu mail al correo: laicosxladiversidad@gmail.com
Muchas gracias!!
FIRMAS:
• Natalia Estela Bettoni (Integrante del Dpto. Pastoral Social, Diócesis de Quilmes)
• Cristian Rodríguez (Integrante del Dpto. de Laicos, Diócesis de Quilmes )
• Prof. Guillermo Daniel Ñáñez, Católico, Director de Derechos Humanos - Municipalidad de Florencio Varela
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El cura que desafió a Bergoglio
Clarín 11/07/10
Cuando opina sobre los conceptos del cardenal Jorge Bergoglio acerca del matrimonio gay, el sacerdote cordobés Nicolás Alessio no duda: “Sobrepasó todos los límites y ha sido absolutamente desatinado. Una cosa es discutir y muy otra es abordarlo como una guerra santa. Lo único que falta es que pida que quemen gente, como en la Inquisición. Es un regreso al Medioevo, cuando se atribuía al “Maligno y sus procederes” el comportamiento de las personas. Ha caído en lo más primitivo y oscurantista de la historia de la Iglesia”. Alessio es un cura rebelde tan querido por sus feligreses, como incómodo para la curia oficial. Adepto a la doctrina de la Iglesia Tercermundista, integra el “Grupo Angelelli”, llamado así en honor al obispo asesinado en la última dictadura.
Alessio es uno más y el vocero de unos 60 sacerdotes que apoyan el matrimonio entre personas del mismo sexo, y cuestionan el celibato y “la estructura canónica, monárquica y verticalista de la Iglesia Católica oficial que anula toda aceptación de la diversidad”.
¿Tan grave le parece? Es absolutamente grave lo expresado. Recurre a lo que debería ser lo contrario en la Iglesia: sigue estigmatizando a los homosexuales como la causa de un futuro de catástrofe social. Y es grave porque fogonea los miedos y prejuicios de una gran parte de la sociedad frente a lo diverso, a lo distinto.
Algunos fueron amonestados por el obispo de Córdoba por su postura, ¿seguirán en esa línea? Sí. Y, como siempre, para calmar los ánimos. El contexto de esa carta –hay un plan para destruir los planes de Dios– es medieval: hay un enemigo satánico y se piden oraciones y ayuno. Si bien cae en algo grosero, muchos obispos piensan que un homosexual es una persona enferma. La doctrina eclesiástica no está muy lejos de Bergoglio. El cambio que deberían hacer es copernicano.
Preguntas que nos surgen en la situación actual
Ante el surgimiento de temas conflictivos en la sociedad, en medio de los debates, vemos que con mucha frecuencia las voces que se atribuyen a “la Iglesia” aparecen del lado de los que se niegan a “lo nuevo”, los que tienen miedo a la libertad, los que quieren que nada cambie. Es cierto que con mucha frecuencia hay quienes quieren mostrar la “peor cara” de la Iglesia, es cierto que no siempre “lo nuevo” es “lo mejor”, y que caminar caminos de libertad supone andar rumbos que a su vez nos hagan libres. Por eso, como miembros activos y plenos de la Iglesia, un grupo de curas de la diócesis de Quilmes quisiéramos formularnos algunas preguntas. No pretendemos tener todas las respuestas, pero sí creemos que interrogarnos nos ayuda a pensar con libertad y con paz.
1. Ante el clima de intolerancia, y en muchos casos de actitudes verdaderamente dignas de las peores Cruzadas, movidas por preocupantes fundamentalismos bíblicos, filosóficos y antropológicos, nos preguntamos: ¿Se puede seguir afirmando que la homosexualidad es una “enfermedad”, y desde una comprensión prejuiciosa de la misma, condenar tal identidad y sus eventuales derechos civiles? ¿Cuáles serían los argumentos serios, razonables y académicos para sostener semejante afirmación?
2. Ante el planteamiento de que un eventual matrimonio entre parejas del mismo sexo atenta contra la “ley natural”, nos preguntamos: ¿A qué se llama “natural” en estas discusiones? ¿No estará aquí una de las dificultades para poder clarificar este debate? “Ley natural”, “naturaleza”, “orden natural”, ¿no son expresiones a ser revisadas y actualizadas? ¿Pueden entenderse estas expresiones de manera absoluta, fijista y sin la dinámica propia de nuestra condición humana? Si en la historia de la Iglesia se consideraba “natural” el cauce de un río y se impedía canalizarlo, o se consideraba “natural” la esclavitud, ¿no estaremos ante una concepción claramente cultural? La concepción de “ley natural”, ¿no es más propia del helenismo que de la Biblia? Cuando san Pablo afirma que “es natural en el varón el pelo corto” (1 Cor 11) ¿no es esta una concepción evidentemente cultural?
3. En nuestros barrios hay muchos pibes y pibas que nacen y crecen con madres solteras, a cargo de tías y abuelas, de gente sincera que realizando la “función materna y paterna” les garantiza el afecto y el cuidado necesario para la vida. Comedores, hogares o simplemente vecinos y vecinas que hacen gratuitamente más amplia su mesa y su casa, logran que muchos chicos encuentren “familia” (la más de las veces sin su papá biológico y, a veces, hasta sin su mamá biológica). ¿No será necesario revisar el concepto burgués de “familia”, defendido detrás de slogans discriminatorios a la condición homosexual? ¿No han generado los pretendidos “sanos” matrimonios heterosexuales (“sanos” por el mero hecho de ser “hetero”) situaciones disfuncionales, abandono de hijos, abusos y violaciones a la vida?
4. Se ha afirmado que se quiere cambiar “la familia”. ¿No es evidente que “la familia” ha cambiado y sigue cambiando a lo largo de la historia? El modelo que actualmente se defiende, ¿no es propio del s. XVIII y muy diferente de las familias de las comunidades indígenas de América o de África? ¿La familia polígama de “Abraham nuestro padre en la fe” es igual a la familia ampliada en la que convivían no sólo padres, hijos, nietos, sino también esclavos y clientes, como era habitual en el imperio romano? ¿La familia patriarcal en el que la mujer era tenida por “propiedad de” un varón (¿no viene de allí el término “matri monium”?) es igual a la familia en la que una jovencita debe cuidar a sus hermanitos mientras su mamá trabaja porque su papá los abandonó? ¿cuál de todos estos y los muchos otros existentes en la historia sería el término adecuado para hablar de “familia”?
5. Si miramos el Evangelio de Jesús, es evidente que, Reino de Dios y familia son “fidelidades en conflicto” (S. Guijarro). Jesús dedica todas sus energías y entusiasmo a predicar “el reino de Dios”, y relativiza de un modo claro y evidente la familia; ¿no es sorprendente que muchas veces escuchemos y leamos sobre “la familia” como una expresión unívoca y sin relación a la búsqueda de la justicia y la opción por los pobres, propia del Reino? ¿Por qué tantos y tantas “cruzados/as” católicos/as que levantan sus voces y se movilizan no lo hacen para combatir la pobreza, la injusticia, la desocupación, la falta de salud, de vivienda digna, cosas que ciertamente “atentan contra la familia”? Si para Jesús, “el reino es lo único absoluto y todo lo demás es relativo” (Pablo VI), ¿por qué no es “el reino” el grito unánime de los “cristianos” (católicos o no) de hoy?
6. Si la Iglesia en su historia, en su predicación y en sus enseñanzas (Magisterio) enseña que se debe obedecer ciegamente la “conciencia”, y que el ser humano “percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina, conciencia que tiene obligación de seguir fielmente en toda su actividad para llegar a Dios, que es su fin” (“Dignitatis humanae”, nº 3) ¿Es posible, a esta altura de la historia, pretender condicionar la acción de nuestros legisladores en su labor parlamentaria con concepciones propias de la cristiandad medieval obviando su legítima libertad de conciencia en temas tan controvertidos? Es absolutamente justo y razonable poder decir una palabra y opinar, pero pretender legislar o que los legisladores “deban” seguir dictámenes eclesiásticos, ¿no es más propio de concepciones de “cristiandad” antes que de respeto y tolerancia democráticas?
7. Algunas voces eclesiásticas han reclamado un “plebiscito”. Siguiendo los propios criterios y argumentos que han enarbolado, ¿se podría plebiscitar la “ley natural”? La apariencia es que consideran que en ese supuesto plebiscito saldría ganadora su posición, ¿lo propondrían de no creerlo? ¿aceptarían un triunfo de la posición opuesta? Si se trata de reconocimiento de “derechos de las minorías”, ¿es sensato o justo proponer semejante plebiscito? ¿Se puede plebiscitar lo que es justo?
8. Si para Jesús el Reino de misericordia, justicia, e inclusión de los desplazados de su pueblo estaba por encima de toda otra concepción y valores culturales de su tiempo (la familia incluida); a la luz del evangelio del Buen Samaritano (cf. Lc 10,25-37) nos preguntamos, ¿cómo podríamos considerarnos discípulos de Jesús sin conmovernos con entrañas de misericordia ante los hermanos y hermanas excluidos del camino de la vida y la igualdad ante la ley? ¿podemos seguir “de largo” sin detenernos a escuchar lo que Dios nos está queriendo decir a través de tantos y tantas que se sienten “explotados y deprimidos” bajo un sistema discriminatorio?
En conciencia, queremos ser pastores según los sentimientos de Jesús, y estas preguntas son las que nos surgen en estos días.
Queremos ser Iglesia servidora del Reino, siempre del lado de los más pobres y sufrientes.
Florencio Varela, 6 de julio de 2010



